viernes, 12 de agosto de 2011

Era todo una algarabía, un acontecimiento que marcaba el devenir del verano. Los días de carreras en la playa eran los que jalonaban definitivamente la infancia marítima. Porque los niños son los que mejor recogen la emoción de las carreras en un hipódromo que se transforma, de repente, después de los baños y el juego, en el lugar de la ilusión.

Todos los años teníamos nuestras casetas de apuestas y no tenemos por ello ninguna reminiscencia oculta, ni ninguno de nosotros ha terminado siendo un ludópata. Lo que colmaba aquellas tardes era el trabajo manual, la iniciativa, la imaginación y luego el beneficio o las pérdidas de todo lo que se esfumaba en dos o tres días y que terminaba en la memoria, en la jugosa memoria de la inocencia.

Un día de carreras era algo fastuoso. Se levantaba uno con una mirada distinta de la tarde, pues sabía que el escenario sufriría una metamorfosis total: la marea, la orilla, la gente amontonada, caballos al trote…la salida y la llegada que se anunciaban con voces a lo lejos.

Ahora, pasados los años, cuando paseo cerca del mar y se suceden las carreras desde la lejanía, no puedo dejar de recordarlas como un tiempo dentro de otro tiempo, como una estación feliz de la infancia, de los años en que solían los jóvenes entusiasmarse con juegos de calle, con manualidades, con carreras de caballos, con tener a la familia cerca y reunida. Ha cambiado todo o quizás he sido yo el que ha cambiado demasiado, pero no quisiera borrar nunca ese periplo pasado de araucarias, ese fervor veraniego de las carreras repleto de salitre ni esa imagen de mi abuelo agarrándome la mano con firmeza y llevándome a la orilla para que viésemos la fuerza natural de los caballos pasando a pocos metros de nosotros. Cómo sonreía al ver que me ruborizaba con el ritmo cuadrúpedo del descubrimiento.


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Leo algunas anotaciones en el volumen de Sonetos a Orfeo, de Rilke, escritas a lápiz con una caligrafía que refleja la emoción que me atrapó en la primera lectura, -ni más ni menos que en las posteriores-. Decía la nota: “Podría decirse que la historia de una lengua es la historia de su filosofía; que la historia de una lengua es el vestigio de su realidad pasada. Por ello el griego tuvo más de diez términos para decir “mirar” diferentes o veinticinco de “estar-triste”. A continuación, escribí: “El aire es el sustento del ritmo en la palabra, esto es, de la vida. El aire fecunda lo invisible, lo esparce, lo hace nuestro y lo eleva a otra tierra donde estaremos por siempre y eternos”.

No recuerdo bien qué me llevó a escribir estas anotaciones sueltas, obviamente algún pensamiento después de leer aquellos poemas demoledores, pero me interesa hoy, después de algunos años, intentar establecer la razón, la causa que detonó aquella escritura en los márgenes….y sin casi sin notarlo, me doy cuenta de que el nacimiento de nuestra lengua, -los primeros vagidos de la lengua española-, se encuentra en los márgenes de un manuscrito. Y quiero decir, usando el paralelismo, que quizás nace una lengua interna en esas primeras anotaciones que realiza uno en los libros que lo hicieron responder, escribir la lectura, como ser mortal y sensible que halla la armonía, la belleza, la perpetuidad de lo huido. El arte de la glosa es el arte de la literatura y de la vida.