miércoles, 10 de agosto de 2011

Después del trance los días se truncan y despedazan. No he escrito nada desde hace seis días, todo fue arrebato de brevedad, quizás la mejor manera de pronunciar nuestra existencia. La música es siempre brevedad en comparación con el silencio. La lección cifrada.

En Escocia he sentido la verdadera impotencia del escritor, porque allí la naturaleza es una fuerza proteica demasiado que te arrastra y te disminuye y te silencia. No pude escribir nada en el cuaderno que llevaba en la maleta, ni una sola palabra como es costumbre en otros lugares cuando viajo. Ha sido una experiencia fastuosa, inaudita, que vino primera vestida de inocencia, pero que ha terminado desbordándome.

El amor se ha relanzado. Con M.C. los paseos son fluctuaciones por la consciencia. Nos deteníamos en cualquier rincón de Edimburgo para contemplar lo eterno en el mínimo trazo de una piedra. Desde Calton Hill descubrimos que el horizonte es una llama o una fuga del cosmos. Los edificios hacinados, la luz tenue sobre Royal Mile y el mar, todo, exacto, puro, al frente de la estampa.

Y todavía continúo en Edimburgo y en Glasgow y en Highlands, atravesando las medianeras montañas que separan el prodigio de la esencia.

***

Con ciertos actos me siento miserable. Sobre todo cuando observo, pasado unos años, que uno nunca ha escrito nada que merezca perpetuarse más allá de la vanidad que nos recorre en la vida. Seriamente, hay que plantearse seriamente dejar de escribir o, al menos, de hacerlo para que alguien pueda leerlo a las claras.

Cualquiera de las páginas pasadas no contienen más que un muestreo de infames petulancias. No son nada en comparación con el sonido de los lagos, no son nada si los arrimamos a la figura y al contorno de una ciudad, no son nada si no poseemos la fuerza candente de desvelar la palabra de sí misma.

He vuelto sobre el largo poema que comencé hace unas semanas. De él, nada me agrada, incluso me resulta ridículo, escrito por un colegial que acaba de leer a Goethe. Está claro que los años van marcando la claridad de ciertos asuntos, por ejemplo, compruebo estoicamente que nunca debí de comenzar a escribir, que tuve que haberme quedado siendo lector, lector únicamente y, en esa situación, haber encontrado la plenitud. ¿por qué no dar ya por fin carne a esa tentación?