martes, 23 de agosto de 2011

HACÍA tiempo que no escuchaba a Tchaikovski con tanto deleite. Probablemente, este sentir melancólico y taciturno que sostengo proviene en gran medida de aquellas tardes en que me dedicaba a escuchar a Tchaikovski, Bramhs, Liszt o Mahler y que terminaban en la apoteosis de la iracundia beethoveniana. Esto sucedía justo en la época que ha venido a llamarse educación sentimental y recuerdo vivamente las tardes de verano en las que, mientras dormían mis padres, escuchaba música, esta música que ahora vuelve a un ser renovado para nutrirlo de nuevo.

Había en las melodías de Pyotr una cadencia que apuntaba a la nostalgia, a un estado de anhelo profundo y de pervertida claridad. Mientras los bajos se sucedían alternando sus proclamas, las melodías iban haciéndose límpidas, intercambiando la bajura del fagot con el sinuoso y esbelto timbre del violín. El viento prevalecía sobre la cuerda, pero se reogía todo al fin en un staccato primoroso que apuntillaba la entrada rotunda de los contrabajos, trompas y trombones. Exactamente como estas tardes de sosiego que son traspasadas por la finura de la reflexión con que se ejerce esta palabra.

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POR VARIOS motivos terminé en las páginas del catedrático de Filología Neotestamentaria de la Universidad Complutense, Antonio Piñero. Este filólogo es nacido es Chipiona, población muy cercana de donde nací. Decía que, por diferentes cuestiones, desemboqué en la lectura de sus trabajos sobre el cristianismo primitivo, el origen del cristianismo o los trabajos de erudición filológica e histórica sobre el Nuevo Testamento. Me atraen de esos estudios el rigor del método filológico-histórico y la actitud profesional que muestran todos los colaboradores. Ante un fenómeno como la religión, no es moneda común que incluso los profesionales dejen atisbar sus preferencias en giros, manifestaciones o interpretaciones más o menos intencionadas. No es el caso del señor Piñero quien, por el contrario, nos tiene acostumbrados a exhibir un conocimiento profundo, exhaustivo y monumental sobre los textos canónicos y apócrifos.

Fue de esta manera cómo pude acercarme a la existencia del gnosticismo y cómo, por ende, concluí en algunos estudios de C.J.Jung sobre estos religiosos primitivos que tanto le atraían.

Leyendo algunos pasajes del Evangelio de Tomás o del Evangelio de Felipe tiene la sensación de estar recorriendo los escondrijos de la Historia y de los estamentos sociales. Me detengo, por ejemplo, en la explicación que hace Elaine Pagels en el uso que hacía Tomás, en su Evangelio, de la palabra “monje” y “monástico” para referirse a los gnósticos, pues, según la profesora estadounidense, estos términos provienen del griego monajos, “solitario, solo”, justo lo que defendían los gnósticos: “Hay luz dentro de un hombre de luz e ilumina el mundo entero. Si no brilla es oscuridad”.

Estas declaraciones fascinaban a Jung y se erigieron en terrenos fértiles para sus investigaciones, “hay luz dentro…”. Algo parecido le sucedió a Juan de la Cruz y posteriormente a Rilke. Todos atisbaron que, en esa luminosidad que se halla dentro de cualquier hombre y desde el hombre, es posible encontrar otra naturaleza de la realidad.

Rilke en Cartas a un joven poeta: “Solo es necesaria una cosa, soledad. Una gran soledad interior”.

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ES el proceso de la escritura lo que va determinando el origen de la escritura. En la elaboración, casi simultáneamente, las ideas van tomando forma y la forma va engranándose con las ideas venideras y atascadas. Por eso es tan difícil descifrar el origen cuyo origen es uno mismo.

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LEO, en las Confesiones…, de Márai: “En la literatura, como en la vida, solo el silencio es sincero”.

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HE DEJADO el cuaderno abierto sobre la mesa e intermitentemente he ido escribiendo en él sin más brújula ni fin que el de escribir. Realmente es lo que realizo todos los días sin falta, porque escribir se ha convertido en una ejecución sistemática, que responde al impulso de la grafía, de la anotación, de mantener abierto el canal con un receptor imaginario, que soy yo mismo. Las agujas de ese territorio giran alocadas y todos los caminos conducen a ninguna parte. Es un estarse en una quietud dinámica. La soledad luminosa, la poesía monástica de la intimidad que descubre y desvela lo universal del hombre.