UNO de los temas que se repite en este trópico es la música. La música es una mesnada del ocultamiento; como la noche, resguardo para las extrañezas. No pretendo reseñar los libros que sobre ella dedicó San Agustín -publicados ahora en Gredos-, ni atender a la correspondencia entre Adorno y Thomas Mann en que se rinde cuenta de las filiaciones entre la música y las artes; así como no voy a desarrollar los puntales del magnífico monográfico de Eugenio Trías. Por desgracia, cuando escribo sobre el desarrollo de la música en esta ciudad es para atestiguar la continuación de la catástrofe a la que tienen sumida a la Banda de Música Julián Cerdán y, ahora también, a la Escuela (Municipal, sería un improperio) de Música.Triste es la historia que surge de la relación entre los distintos ayuntamientos y la Banda de Música. En este sentido, seguimos hilvanando las mismas incomposturas, la dejadez en el desarrollo de la educación musical y el menosprecio de los políticos por insensibles. En no pocas ocasiones he dejado entrever que los políticos no pueden atender a las artes, por insensibles e incapacitados para la tarea de marras. No pretendo expulsar a nadie de esta república bananera de las artes en que se ha convertido Sanlúcar, sólo señalar que el Ayuntamiento apoya a sus condiscípulos y allegados, buhoneros de los presupuestos locales y truhanes de la sinvergonzonería, aun dejando a otros en las tierras de pampa de los desterrados. No es nueva esta historia, es circular y eterna, por filosófica.
No es concebible que una ciudad con este número de habitantes y con los presupuestos que obtiene deje a un lado a una entidad que magnifica las herramientas culturales a lo más
alto. Pocas entidades han sobrevivido con la gallardía de la Banda de Música y menos aún han soliviantado el repetido dos por cuatro de la política sanluqueña. Parece que estuvieran invocados por una tonalidad menor que los desvela y desabastece de la capacidad para solventar este problema.Una Escuela de Música es un Liceo de las almas, un abono extemporáneo para los futuros conciudadanos de una ciudad que pretende evolucionar. Pero, obviamente, la evolución consiste en el número de farolas que alumbren las entendederas, no en la iluminación con que irrumpe un acorde en el espíritu. Poco importa eso, pero por desconocimiento. Una Escuela de Música hace posible que un número de individuos obtengan otros hábitos distintos a la chabacanería, y con ello, a un mejor y ponderado desarrollo de una sociedad. La noche responde siempre como una respiración artificial. En ella se consiente las extrañezas de lo oculto, la naturaleza órfica de los días. Pero todo esto es papilla de la bélica ignorancia de los gobernantes.

















NO HACE falta que Rajoy protagonice un vídeo defendiendo el día de la Hispanidad ni que los adversarios políticos digan que ha cometido una brutalidad digna de otros tiempos para que me siga importando bien poco o casi nada eso de la patria, la nación y las banderas que los políticos predican desde sus atriles. Quiero decir que no me identifico con la idea de España que tiene el PSOE, pero eso no me lleva a afirmar que esté de acuerdo con la idea de España que mantiene el PP, más bien, si contra mi voluntad tuviera que situarme estaría más alejado del nacionalismo español que defienden los populares. Por eso mismo, porque son ideas y las ideas prefiero elucubrarlas en otro guiso y con otros aliños, entiendo que lo que propone Rajoy es un tipo de nacionalismo de la misma especie que los que crítica. Se trata, eso de lo español tal y como lo defiende Rajoy, de un macro-nacionalismo que engulle a otros nacionalismos, esto es, micro- nacionalismos. Como no comulgo con ningún tipo de identificación política y territorial, creo que eso de los himnos y de las madres ilegítimas que nos crecen cada año es una falacia intelectual a la que nadie, todavía, ha sabido darle forma cabal.















HABÍA dejado la calle Tartaneros a mi espalda. Pensaba enfilar mis pasos hacia la recua de mesas que Balbino acomoda a su entrada. Allí mismo pude verlo: pelo cano, de bigote como un inciso a su rostro, con gafas y el pelo echado hacia atrás con la fuerza del agua. Justo cuando pasaba por enfrente de él, lo observé detenidamente sin ningún miramiento. Sostenía el señor un libro con las manos dispuestas como si mantuvieran la simetría de un atril. Obviamente, la esquina estaba repleta de personas que degustaban entre risas, algunos gritos, confidencias y quién sabe qué cosas más. El señor leía en medio de ese bullicio con cierta parsimonia. Gracias a que tenía el libro levantado hasta la altura de su cabeza, pude leer el título. Los mejores cuentos, de Sergio Pitol. Claro, me dije ciego. 







Parece que el fin del verano quiere conjurar entre sus algas la inmediatez de la muerte. Después de acongojar Suramérica con la presencia ciclópea de los vientos y las aguas, de apresurar como una analepsis la sintáctica huida de Umbral y las jambas del galope de Puerta, nos trae ahora, como un viento esquivo y a destiempo, la muerte de Pavarotti y el desastre marinero en Barbate.
