lunes, 5 de diciembre de 2011


ESTACIONAMOS el coche para poder escuchar, debidamente, la música que comenzaba a invadirnos. Habían sonado unos compases de la Sinfonía número seis  que iniciaron nuestro detenimiento. Cerramos los ojos, empezamos a respirar en la dimensión cósmica de la música. Ya puede acabar el día, no le pertenecemos.
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LA claridad en poesía ha sido mal interpretada por los poetas, tal que la oscuridad. Ha sido mal vertida en la materia poética porque se desconoce y se atiende antes al efímero aplauso que a la verdadera plenitud, sea esta entendida o no en el tiempo que te toca vivir.  
Las referencias cultas han sido mal interpretadas por muchos poetas, tal que la vacuidad ramplona de los bares y cigarros o lavadoras. Todo ello demuestra que la poesía es, en todo caso, un equilibrio de la palabra y el ser, de la música y el pensamiento que cuando es, es Uno y Todo al mismo tiempo: la armonía de contrarios.   
La claridad es la complejidad para la palabra y el deseo del poeta para expresarse. Desde la noche plena, desde la oscuridad,  Platón contuvo la claridad en la mayor complejidad que jamás habremos ofrecido los humanos. Es, en ese territorio, de donde parten los versos más perennes y eternos, los que no pertenecen al momento en que fueron escritos, los que no recogieron los aplausos de los contemporáneos, sino los que orbitan en el ángulo inverso de lo que nos hace mortales y en el  tiempo que nunca viviremos, allí sonarán si es que poseen la música indudable, si está atravesada por el centro indudable.    

domingo, 4 de diciembre de 2011


PÁGINAS maravillosas de María Zambrano en “La disputa entre la filosofía y la poesía sobre los dioses”, que pertenecen a El hombre y lo divino. Lectura pausada, anotando tiernamente en los márgenes. Relectura.



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UN diario: galería de banalidades. Un diario: la vida devuelta en limpio. ¿En qué difieren? En el estilo de la palabra usada.



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TEMPLADA soledad de los cipreses que ejercitan su voz junto al convento. La claridad remonta por las aguas que no forman ni cauce ni medida. Solo estación de luz y de jardines incendiados de versos y de salmos que anuncian, en la noche, la palabra que origina la belleza consentida en la tierra.
AFIRMA Sennet que lo público ha modificado la intencionalidad del artista contemporáneo, que ha ido alterando la dignidad interna que debe detonarse en todo aquel que decide dedicar sus días a la creación con la palabra, la música, la pintura o la escultura. Es por eso por lo que quiero apartarme de todo, únicamente por humildad, modestia y moral.
El escritor no se conforma con ir macerando su obra con la lentitud requerida para que el resultado, al menos, no se presente grotesco y fatal. No se conforma con la satisfacción íntima y personal, que solo habita en los límites de su vida, sin que ello deba obtener el reconocimiento público. Estas condiciones, las entiendo  como los cuidados mínimos que la consciencia procura para la  creación artística, en esa consciencia en la que lo público solo debe venir como añadido, como un colofón nunca buscado, solo sobrevenido, a posteriori.  Sin embargo, la pauta es la contraria, es lo que Curtius llamaba “el mundo al revés”.
Esta característica de lo contemporáneo sucede porque existe un vacío moral en que nadie actúa como autoridad o modelo y en que nadie busca una autoridad de la que ir tomando ejemplo en la ética estética. Esa circunstancia provoca que los egos se disparen y se crean con las virtudes suficientes de cualquier otro escritor, al punto, que esa falta de referentes, lleva a que todos quieran apropiarse de lo que no les corresponde o que se crean merecedores para situarse ahí, en la ejemplaridad, en lo que Sennet llama  lo público.
Es habitual observar cómo la canallesca casta literaria de este país va agrupándose alrededor de una propuesta estética (si es que algunas llegan a alzarse como estéticas) o a un señor que tiene poder en los medios de comunicación o a un señor que tiene influencias para poder editar a un amigo o a un ser que puede llevar nuestra palabra a un soporte público. ¿Cuántas veces no leemos la crítica de un libro que ha escrito un amigo y, al tiempo, observamos que el otro amigo hace lo propio? ¿Cuántas veces no lee uno palabras benevolentes que se enlazan al lugar en que ese amigo las lanzó? ¿Cuántas veces no comprueba uno que alguien se dedica a reseñar los libros de unas editoriales concretas y que, al tiempo, ese señor termina editando en esa editorial? Y bien, ¿qué tiene que eso de Literatura?
Quiero decir que la mayoría de los escritores actúan amparados por una relación de causa con la que intentan aupar y alzar su voz en lo público, sea cual sea su obra y sin tener en la mollera que lo público es un espacio del imaginario que no les pertenece, sino que solo puede ser invadido por lo genial, singular, ejemplar, extraordinario o magistral. Pienso que la escritura en Internet ha ayudado a expandir este imperio del ego que sobrecoge la creación literaria y a principiar estas posturas tan infames.   
Aborrezco esta vanidad descontrolada y la denuncio abiertamente, a pesar de que sea ya tan antigua, y comienzo a pensar detenidamente en cómo hubieran actuado Rilke o Tólstoi en estos años y así tengo por seguro que sus denuncias y sus actitudes hubieran sido, siempre,  ejemplares, de eso no cabe duda ni sospecha. 

viernes, 2 de diciembre de 2011


PUDIERA resumirse en dos posturas el acercamiento de la poesía al poeta. Las dos posturas provienen de la misma respuesta que ofrece el poeta a la poesía: la insuficiencia de la palabra para nombrarla. 
Ante la consciencia de esta incapacidad (la consciencia imprescindible y previa), de este ir haciéndose de una palabra que nunca será suficiente, la dirección que toma la palabra del poeta puede ser doble. O bien el poeta quiere negar su capacidad de armonización (y Parra es un ejemplo de ello) o bien persiste en su sustancia musical, en tañer el eco de la melodía de Orfeo. 
Ambas son dignas, siempre lo he dicho, si son verdaderas, pero una se dirige, a veces, sin control, hacia lo vacuo, lo banal, lo intrascendente llevado a la poesía. Y la otra, la estirpe de Orfeo quiero referirme, encuentra, a veces, el latido peregrino de la humanidad en sus palabras.     

jueves, 1 de diciembre de 2011

EN Literatura universal y literatura europea, recoge Kemplerer unas afirmaciones de Goethe que precisan lo que, en la actualidad, considero un momento de transición para la vieja Europa: “el bullicio armónico de los pueblos”. Qué paradoja más solemne y conseguida la de unir el bullicio que procuran los pueblos con un armonía compartida que proviene de su propia naturaleza.  

El caso es que Kemplerer hace hincapié en este concepto hasta desembocar en otro más general y relevante. Y es, cuando llego a ese punto, cuando atisbo que JRJ mantuvo una relación muy estrecha con Goethe, de quien no solo aprendió a ir haciendo su palabra en lentitud, sino en el concepto de lo que Goethe consideraba necesario y trascendental y que, los poetas de ahora, no terminan de entender, a saber: “una armonía ético-estética”.

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ENTRE una referencia y otra, Kemplerer acude al ejemplo de Unamuno. Toda vez que termino de leer las páginas que le dedica, vuelvo sobre un poema de Unamuno, titulado “Credo poético”, que, desde que lo leí, me ha resuelto no pocos conflictos internos:



“No te cuides en exceso del ropaje,

de escultor, no de sastre, es tu tarea,

no te olvides de que nunca más hermosa

que desnuda está la idea.



No el que un alma encarna en carne, ten presente,

no el que forma da a la idea es el poeta

sino que es el que alma encuentra tras la carne

tras la forma encuentra idea.


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 ¡Oh, pasión de mi vida, poesía desnuda, mía para siempre!, escribió JRJ.

Es, de nuevo y siempre, la compleja claridad, la eterna sustancia que desnuda a la noche, la que se precipita en el velado concierto de la naturaleza, el son que tañeron Virgilio, Dante, san Juan, Leopardi, Rilke y JRJ, por ejemplo; el que permanece ya en las raíces mismas de la poesía, en ese estadio del que nunca debiera el poeta apartar su sombra.  

martes, 29 de noviembre de 2011


A VECES, la literatura es tan irónica. Hoy, por ejemplo, leo el prólogo de La Celestina y me encuentro con dos referencias que, en mi juicio, son fundamentales. Una, referida a Heráclito; la otra, una palabras de  Petrarca, en el prefacio de De remediis, que venían a corroborar, según el juicio del escriba de este prólogo, la idea heraclitiana. ¡Cómo pude olvidar estas palabras!  De Heráclito recoge aquel pensamiento que dicta así: “Omnia secundum litem fiunt”, esto es,  nacen las cosas en contienda, en batalla; son creadas de la fuerza de los contrarios. 
Después de este ejercicio de reconciliación y de puesta a la luz de la ignorancia y la desmemoria, sí recuerdo las páginas que he estado leyendo del poeta Antonio Colinas en que, precisamente, escribe sobre este asunto: la creación supone un concierto de materiales y esencias diversas que, al unísono, debe tañer el escritor o poeta con verdadero arte, con el sueño de Orfeo. Qué difícil que esa concordancia termine armonizada, perfectamente integrada en Todo que es Uno, en un Uno que es un Todo. 
La técnica no es, como afirman algunos, la capacidad de construir, sino de armonizar los contrarios que fecundan cada creación. Por eso, cuando escucho que este o aquel poeta es un excelente constructor, ya sé que es un excelente creador de nada.

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REVISO las páginas del diario y compruebo que, de un tiempo a esta parte, solo escribo sobre poesía. Pero, ¿habrá otro tema con más calado que este, que sea más omnímodo que la palabra poética?

lunes, 28 de noviembre de 2011

LA creación y la reflexión son vasos comunicantes en la poesía. La palabra poética es el encuentro de una revelación que, de profunda y misteriosa, solo es intuída, íntimamente sugerida. Participar de ella es gracia de la inteligencia, pero de la inteligencia de la poesía, no del poeta. Por eso el poeta es transparente, limpio, brota de la claridad.  El aspirante a poeta es un ser todavía ahumado por el cimbreo de la palabra pura que aún lo sopesa. 

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domingo, 27 de noviembre de 2011

HOY la tarde es bella. Cielo grisáceo, la mirada volcada sobre el frío de los ramajes, un libro, otro, la música que invade los sentidos, el fuego meditado del hogar, la palabra consejera de algún amigo que habla limpiamente, el atardecer concediendo la gracia última de la luz y la noche husmeando ya entre los cipreses.
EN uno de los breves poemas que escribió Hölderlin, titulado “A los poetas jóvenes”, hay dos versos que me han acompañado, desde antiguo,  en este ejercicio de la escritura poética, dicen así:



“no dejéis la virtud, imitad a los griegos.

A los dioses amad, pensad en los mortales.

[…]

pedid solo consejo a la naturaleza”



Los vuelvo a convocar en el diario, a escondidas, porque con el tiempo van agrandando su influencia y su verdad. En este silencio, su relectura ensancha la existencia. Qué lábil fue la lectura hace unos años, pero qué reconciliación tener consciencia de que estas palabras, entre otras tantas, van configurando la presencia de la poesía. Qué belleza tan efímera esta de la palabra, pero que eco más continuo y eterno si es verdadera y pura.



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ESCRIBO, escribo estas palabras mientras escucho a Schubert, El pastor en la roca, cuyo recuerdo permanece desde que lo interpreté con el clarinete junto a una amiga soprano y otro compañero pianista. Música, palabra, naturaleza.

La música es el símbolo que mejor nos acerca a la naturaleza, a su claridad. La palabra siempre aspira a espejarse en la música, a participar de su sacro entendimiento. La penetración en la naturaleza y su claridad depende, para el poeta, de la poesía. Ella calla y otorga, expone y desestima, sugiere o invalida. Toda claridad es belleza, pero la poesía somete al poeta a discernir entre los espejismos antes de alcanzarla, si es que eso ocurre, pues no se fía de él ni de su fuego, la palabra.   

NOS llegó la edición de Un año en el sur (para una educación estética), de Antonio Colinas, publicada en Trieste, en 1985. La edición es una delicia y el olor de sus páginas, ya entintadas de humedad y décadas, aroman la lectura con un regusto arcaico y verdadero. Advierte uno, desde el comienzo, que el libro está escrito del alma, que sus palabras siguen fijadas a la poesía, al pensamiento y al arte verdaderos, que de ellos brotan. Esa circunstancia me congratula, pues confirma uno que el verdadero poeta lo es desde sus comienzos, sin renuncias, sin prebendas.  
Ya había leído unas treinta páginas, cuando no pude resistirme y leer algunas páginas posteriores, espigando por aquí y por allí. En este ejercicio, fui a dar con unas líneas subrayadas, marcadas con mi nombre. Las había escrito M.C, con su caligrafía inigualable.   
Me había dejado señaladas unas palabras que Jano, el protagonista, había señalado en un libro de Novalis: “la poesía es lo real absoluto. El verdadero poeta es omnisciente; es un universo en pequeño. La poesía es la representación del alma, del mundo interior en su totalidad. El sentido poético tiene muchos puntos en común con el sentido místico. Representa l irrepresentable. Ve lo invisible, siente lo invisible. Es, al pie de la letra, sujeto y objeto a la vez, alma y universo. De ahí el carácter infinito, eterno, de un buen poema…”
He leído muchas veces este fragmento del libro, tanto en silencio como en voz alta, este fragmento que conduce a otro libro y a otro poeta que he vuelto a releer. Como un microcosmos que concierta con un macrocosmos, he contemplado la infinitud del conocimiento que revela la poesía desde la finitud y el corto alcance de la palabra naciente que voy sustanciando.
   
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LA poesía pertenece al estadio en que la humanidad se inicia y desvela en otro conocimiento de sí mismo. Es una topografía del ser al que desembocan los que alcanzan el conocimiento y de él se impregnan. Ese conocimiento conduce al poeta (y al lector capaz de comenzar esa cadena iniciática) al encuentro con lo que concilia a la humanidad desde sus orígenes, al estado en que la palabra se trasciende y trasciende la realidad de sus sonidos. 
Ya lo leí en Goethe hace unos días, y así lo he vuelto a leer en los presocráticos, en Platón, en los místicos, en el propio Novalis. Son los fundamentos primitivos los que se convocan en la poesía y el conocimiento, en la poesía que se hace ser y reflexión sobre el ser, la que nos elimina los límites y nos armoniza el uno con el todo.  La poesía es la música de la palabra.      

sábado, 26 de noviembre de 2011


LEO, con detenimiento, El sentido primero de la palabra poética, de Antonio Colinas. Mucho Colinas, mucho.
Lo hago conmovido porque, en pocos autores, la palabra y el ser, el pensamiento y la poesía van convocándose en un estado de gracia sublime, en un desvelo que trasciende la realidad nombrada. Una palabra detrás de otra, una oración que completa a la siguiente, armado todo en un resorte semántico impecable, bello, armonioso.
Decía Ortega y Gasset que el principio de la filosofía debía ser la claridad. Y ese requisito se resuelve en las páginas, creativas y ensayísticas, de Colinas. Una claridad que no es simple, sino armoniosa, una claridad que no es vacua, sino compleja. El uno es un todo y el todo al que aspira un informe.
Hay una claridad tan meridiana, tan certeramente silabeada que, ante la música y el ritmo de su palabra y de su pensamiento, se queda uno aturdido y bellamente asediado por  el río puro del sentir poético.
La palabra de Colinas nos concilia con la vida y es justo volver a ella para remojarse en sus aguas calmas, en esa dimensión a la que ni siquiera algunos llegarán a reflejarse.    

viernes, 25 de noviembre de 2011

LA poesía llega, sale al  encuentro, habita, se transfigura en el poeta; no es el poeta quien decide, no es el poeta la voluntad que desea, es la poesía la que nos desea, la que nos aparta o redime para siempre, la que nos insufla su esencia y nos otorga la claridad que debemos salvar en ella, con ella.   

VENÍA conduciendo, por la carretera, sin que ningún otro coche interfiriese en mi camino. Había  una oscuridad profunda, repleta de silencio. Venía pensando en tantas cosas… todas me conducían a la misma desembocadura: con el tiempo me voy dando cuenta de mis pocas destrezas sociales. Tendré que aceptarlo, que aceptarme.  
Uno va haciéndose y transformándose, pero hay una entereza, una unidad que permanece intacta, que permanece incluso en contra de nuestra propia voluntad. Normalmente, a esa entereza la llamamos humildad y honradez. 
La humildad y la honradez terminan acompasándose para completar, dentro de nosotros, una ética: nosotros mismos. Sobre todo la humildad, ese conocimiento de las propias limitaciones y el obrar en la vida de acuerdo a ellas, en la medianía exacta de ese que va a nuestro lado y en quien nos reconocemos. Si ella es verdadera será irreprimible y deberíamos ir tomando conciencia de que siempre será así y de que su lugar en nuestro ánimo obedece a su mandato. La humildad, que había sido en el Medievo una de las grandes cualidades, ha ido laminándose en el mundo contemporáneo.
Así que, aunque la humildad nos sitúe en una encrucijada, que puede parecer confusa e impertinente, no debemos abandonarla nunca. Obrar en la medida de nuestras virtudes, escribir sin el eco que no alcanzamos, hablar con la mesurada tibieza de lo efímero, ver, sentir, escuchar fingiendo lo que somos.

jueves, 24 de noviembre de 2011

RECOGE Kemplerer, en Literatura universal y literatura europea, unas palabras de  Goethe a Eckermann que deberían estar grabadas o esculpidas en cada libro que se precie de querer orbitar por donde la literatura lo ha hecho siempre: “Cada vez más me doy cuenta de que la poesía es un bien común de la humanidad, que se  manifiesta en todos los lugares y épocas […]”. Hasta aquí subrayo estas declaraciones y comienzo a pensar, de continuo, en esos parámetros que han hecho de cualquier hombre todos los hombres.
Si la poesía sustancia la existencia de todas las épocas, sucede porque la poesía es connatural a los sentimientos más puros, primitivos  y perennes del hombre y no a las extravagancias modernas o los accidentes sucedáneos, que tanto gustan ahora a los que parecen centinelas sin luz. La poesía será, por tanto, si lo es verdadera, discurso del ser.

martes, 22 de noviembre de 2011

HA DENSADO la niebla el paisanaje, por las lomas y trigales. Una transparencia, respirada lentamente, ha marcado los goznes del sueño. Son glaucos ya para siempre mis pulmones.  

lunes, 21 de noviembre de 2011


EL cuaderno, como la vida.  Siempre abierto, siempre dispuesto, siempre la mente en constante percepción, como una corriente incesante, como cuando la bora sacude las calles de Trieste en la Plaza de la Unidad de Italia donde el Adriático es mar compungido y sueño de fauno; como esa bora repentina que salta de las montañas al asfalto, como el voltaje de Pound, como el cuerpo sacudido desde el puente Mirabeau, de Celan, como la vida sentenciada de Montaigne a las palabras, como el gozne antiguo de los versos nuevos, como el paso insoslayable del cantar de los pájaros, como un arché  que fecunda la soledad con el agua el aire el fuego la tierra, como el ungüento llameante de rosas difuntas, como un encabalgamiento sonoro, perpetuo y galopante.   

domingo, 20 de noviembre de 2011

PUEDE recoger un diario la exposición total de la prosa de un hombre, de su pensamiento, sus creencias, acaso la inquietud que azuza su consciencia. Gracias a este credo, leemos, hoy, gozosos, a Valéry o a Renard, incluso a Tólstoi. Hay escritores que se valen del diario para principiar o adelantar los motivos que, en la intimidad, desarrollan en otras composiciones. Así pues habrá quien diga que la escritura posee un estado embrionario en un diario y que, a la postre, se vierte más plena en otra composición. También habrá quien piense que la escritura es siempre reverencia y fervor, un continuo hacimiento.

Soy de los últimos, pues no entiendo la creación que amaga, que apunta, que no quede sostenida en sí misma, que cuando brota se sabe inconclusa, que se reserva sin saber para qué y si ello es posible. Como una alameda verde, -sin que falte, apenas, un color, un aire, un sonido de pájaro en la rama-, escribir es vivir sin consecuencias inmediatas. En esa órbita resguardada en la noche, recogida en la música interna que no entiende de tiempos, solo de orígenes. Escribir es, siempre, comienzo irrenunciable que encierra otros comienzos, origen que acoge los orígenes todos en la fuga de la mortalidad.

Un diario no tiene cúpula ni eco, resuena por de dentro. Ni tiene en su arquitectura el afán de lo público, de elevar la voz por encima de lo interno. Está muy cerca de la poesía y, si el diario es verdadero, puro y lo atraviesa el misterio, encontrará las galerías profundas y los aires altivos en el silencio nutritivo de la noche.


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CUÁNTO me gustaría poder escribir aquí con la caligrafía de las rosas y las violetas, de los sepulcros solemnes de la piedra; cuánto, verter los aromas del "Cuaderno de Leonardo", cuánto...mas soy consciente de la eficiencia de la caligrafía sobre el papel, de su silencio de prodigio. Cuánto, poder escribir con el ritmo soñoliento de la tarde o reflejar, si se pudiera, el resplandor del alma cuando rompe con oro y se desgrana en el centro indudable.

sábado, 19 de noviembre de 2011

SEGUIRÉ escribiendo, sea cual sea, la condición que me abrigue. Como en el “Cuaderno de Leonardo”, que ya está casi finiquitado. Será en silencio, en la casa de tiempo y silencio recluido, en la casa que es bosque. En el sol del serrallo en que los miembros se hacen tristes ritmos y lenguas de fuego. Allí, seré allí todo lo deseante, lo que verdea incandescente y me hace, al fin, en la palabra.


TODO me lleva, cada vez más, a la afirmación, al centro. Los senderos se hacen con el tiempo más claros y más difíciles de abandonar. Enormes infinitos, desmedidos horizontes en que anegarse.  Como le sucedía a Glenn Gould con el Steinway, no quiere el poeta valerse de la palabra, quiere ser la palabra misma.


¿SERÁN la sinceridad y la reverencia  dos condiciones  inexcusables para poeta?


TOMARÉ sus palabras como evidentes rostros que no advierto. Soy consciente de las torpezas y de mis debilidades, mas sigo siendo en el azul de los cielos que la música habita, en el ritmo profundo del color de la noche, en el fuego con su aire en lucha permanente, en la gracia que no admite corona, en unas ascuas de deseo vivo.   



PORQUE la literatura es ensanchamiento del ser.

jueves, 17 de noviembre de 2011


QUÉ difícil reconocerse en lo escrito y qué difícil reconocerse alguna vez en lo que fuimos. Ni en la palabra ni en la memoria somos con la consciencia cotidiana, pues tanto una como otra trasvasan, de un tiempo a otro, lo que nos sustancia. Son proyecciones, espejismos; somos silogismos puros de pura finitud. 
La memoria recoge, con la mecánica del recuerdo, lo que quisimos ser, porque el presente siempre quiere rectificar al pasado. 

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Y la palabra es ese estado de apariciones, esa confabulación de un yo polivalente.  Entre una y otra, como esclusas inevitables, queremos transitar por los canales reducidos de la existencia. 

miércoles, 16 de noviembre de 2011

XX


NO toda la verdad, pero todo lo escrito será, únicamente, verdad.


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DECÍA Wittgenstein que los hechos del mundo no son, ni nunca serán  todo lo que hay.  



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AL FINAL de Biographia literaria, escribe Coleridge: “ ¡Es la noche, la sagrada noche! […] concentrada en su puro acto de adoración interior al gran Yo soy y a la palabra filial que lo reafirma por toda la eternidad y cuyo eco coral es el universo”.


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HÖlderlin: “En el paso de los años se alcanza la permanencia”.

martes, 15 de noviembre de 2011

X


ESTA mañana han llegado varios sobres con libros. El cartero me ha preguntado, por primera vez, si en esta casa tenemos una notaría o una oficina o un negocio no declarado. Lo ha dicho con sorna, como librándose de una pregunta que, seguramente, quería hacernos desde hace semanas. Ante sus cuestiones, le dije que aquí se decide, en secreto, buena parte del futuro de una gran “empresa” y que me envían esos paquetes, a escondidas, semanalmente, para que yo diga sí o no, únicamente, sí o no. Él entiende con rapidez que le sigo en el tono irónico con el que me acababa de abordar. Sin embargo, siempre que acontecen situaciones de este pelaje, recuerdo el pasaje de Vila-Matas en el taxi y, con ese recuerdo, todo se impregna de una voluntariosa gratitud que me es muy satisfactoria, de un aire cervantino.
En el sobre venía la edición facsímil del Lazarillo de Tormes, editado en Medina del Campo, en 1554. Editado en pasta dura,- muy parecida a la edición facsímil de la obra de San Juan de la Cruz-, supone un festín para todo el que ame, valga la redundancia, la Filología. Imaginar ese libro emparedado junto a otros volúmenes prohibidos en la época y encontrarlo en 1992, de forma azarosa, suman adversidades y fortunas al imaginario colectivo que acompaña a la obra desde su aparición. Así que, ¿cómo podía haberle manifestado al cartero lo del Lazarillo?
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CONCLUÍ, anoche, las páginas de Cúpulas y capiteles (La isla de Siltolá, 2011), de mi querido José María Jurado. Con JMJ tengo todavía conversaciones pendientes, pues siempre que hemos coincidido en una mesa, se han truncado todos los intentos por dialogar en plenitud, siempre hemos hablado en anacrusis. Así que, puedo afirmar, sin miedo a equívocos, que nuestras conversaciones se alimentan de elipsis, como muchos de sus versos, por cierto.   
Gracias a estas elípticas conversaciones, he leído el libro desposeído de cualquier referente previo y de cualquier compromiso de amistad.  A pesar de no compartir algunas proclamas de su “Prologuillo” y algunos asertos en referencia a las bitácoras, huelga decir que siempre que uno lee los textos de este autor, tiene por seguro que la literatura está y es presente. 
La palabra de estas cúpulas, -enredadas por los sones de la música, el arte, la Historia palpitantes-, se edifica como potente construcción, vasta, imperiosa, ensoñada. Me han agradado sobremanera “Divagaciones” y “Las mil y una noches”, ya que en estos trancos de su prosa, he hallado la solemnidad de lo perpetuo desde la gracia humilde de la persona. Resuenan, por tanto, los sones de su palabra en el auspicio de la piedra en la cúpula y el capitel de la memoria.  
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...en El mal de Montano, Vila-Matas puso en boca de su yo narrativo la siguiente afirmación: “Me pregunto también por qué debo pedir disculpas por ser tan literario si a fin de cuentas es lo único que podría llegar a salvar el espíritu en una época tan deplorable como la nuestra. Mi vida debería ser, ya de una vez por todas, total y únicamente literaria”.
Tengo muy presentes estas líneas siempre que me encuentro en una situación como la reseñada, en la que debe uno dar explicaciones falsas, derivadas, eufemísticas de lo literario. Incluso, si presiento que no es suficiente, comienzo a decir para mis adentros lo que el mismo autor asevera páginas después: “Perderlo todo menos la soledad”.
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NO he escrito lo suficiente sobre John Cheever, concretamente, sobre sus Diarios, sobre todo lo que el autor escribe acerca de lo que él considera  los peligros naturales de la vida.