viernes, 9 de mayo de 2008

DESIERTOS DE LA LUZ

¿QUÉ es la vida sino la luz? ¿Conocéis el lugar donde van a morir los versos? Algo así viene a decirnos el poeta Antonio Colinas en su nuevo libro, Desiertos de la Luz. ¿Qué es la vida, sino un desierto que nos incita siempre al deseo del agua? ¿Un salón de pasos perdidos en que resuenan las llamadas al infinito?
La vida bien puede compararse con un cuaderno, un cuaderno de hojas blancas, infinitas o bien hojas cuadriculadas, rectilíneas. Para las vidas de hojas blancas, la luz se esparce entre las espigas que la cruzan, las arias que desvelan la suntuosidad de la muerte. Una hoja en blanco es un atardecer sin nubes, sin sol, un alejarse de lo inmediato. Por otra parte, las hojas cuadriculadas establecen esos vínculos trazados que engarzan la mañana con la tarde y con la noche. Los astros lo son todo, el tiempo un mezquino reflejo.
Dice el poeta que para apartar la muerte toda la primavera ha apartado la lluvia de la ilusión del hombre. El hombre es agua y así siente, con la humedad incierta de su curso en meandros, en la continua tensión de lo que renace y muere a nuestro alrededor. Un viaje sin movimiento es la poesía, un viaje sin movimiento. Y cuando la errata de nuestras vidas la acecha, más vale que la abandonemos y nos dejemos llevar por sus ritos.
¿Qué buscamos cada día sino el ansia de eternidad, sino el iluso sentimiento de permanencia en estos días? No creo que seamos un salón de pasos perdidos, somos los pasos perdidos; no creo que atravesemos un desierto en busca de la luz, somos el desierto; la luz, quizás la poesía.
La luz es también conocimiento insurgente, proyección de los deseos, desvelo de la conciencia. Por eso dice Colinas que por nuestra fidelidad a las palabras, por nuestra pertenencia al reino pobre que habita en los labios, deberían premiarnos algún día con otra vida, con otro inicio en el desierto.
¿Qué es la vida sino la luz? ¿Conocéis el lugar donde van a morir los versos? Quiero que me remansen en el hospedaje del silencio, en la plenitud del camino recorrido. Quiero estar sentado en el centro del salón de mis pasos y volverlos a escuchar y a ver y a transitar, como un infante que nace al mundo y todas las palabras le esperan impacientes para crearlo. Suena una música que extraño en los oídos, un rumor oculto de otro tiempo. Suenan mis pasos, mis desdichas, la hueca percusión de los relojes. He de levantarme de estas cenizas e iniciar el camino porque un golpe en tierra es completamente serio y a pesar de los avisos, de las llamadas de luz, la vida es incomprensible y eso me basta para querer diluirme en ella.