martes, 27 de mayo de 2008

HOY FUE NADA

IBA leyendo las últimas páginas del diario de Trapiello, camino de la estación de tren, cuando de repente empezó a desaparecer el mundo. Digo bien cuando escribo desaparecer: las calles, los coches, los primeros transeúntes de la mañana, el ruido, los semáforos… Me vi paseando por una alameda infinita, rodeado de reflejos que me suscitaban lo más remoto de mis pensamientos. El olor, recuerdo el olor a nada; los colores, los colores, deshechos en ambientes conjuntados como un cuarteto de cuerda. Mostré una mesura cervantina en todo esa confusión y continué con mi camino tradicional, el de todas las mañanas. No sabía hasta dónde me llevaría aquella anulación de la materia; desemboqué en unas ruinas antiguas que contenían la cifra del mundo y la arqueología de la vida. La mañana se había convertido en un haiku primoroso, en una deliciosa consecución de palabras y palabras.
Mantuve el libro en mis manos, abierto, como si en él estuviesen escondidas las palabras mágicas para deshacer el hechizo. Entonces arrojé la mirada sobre una de ellas, enfoqué mis retinas a los últimos renglones y leí en silencio, en un silencio que jamás volveré a escuchar, las palabras que dieron fin a aquel bucle finito en que comprendí que la literatura posee momentos mágicos, tantos como libros, tantos como vidas.
Tengo la imagen de mí mismo sentado en un banco gris, en el andén, mirando con una sonrisa a un lector que sostenía un libro de J.R.J. Su mirada perdida, sus andares pausados me indicaban que ahora era él quien estaba en la alameda.