domingo, 18 de mayo de 2008

LA ALAMEDA VERDE

Hoy quiero hablarte con calma -necesito esa calma-, con la sensación de ir paseando contigo por una alameda verde, repleta de armoniosas figuras e inquietantes palabras. Quiero hablarte al oído, tú lo sabes, y desplegar en tus vellos el infinito de tu rostro. Tomarte de la mano y desgranar en las caricias la melancolía que se acumula con los años. Respirar tu aire, medir tus soledades.
Una vez que hayamos paseado, podríamos sentarnos a contemplar el desfallecimiento del día y la providencia de la noche. Y entonces jurarnos amor eterno; procurar el encuentro insistente de los cuerpos y amotinarnos en un cuarto para que compruebes que, a pesar de los pasos andados, guardo en mi piel la confidencia de tus besos. Para volcarnos los dos en una tira estrófica de deliciosas miradas, de ocultamientos suntuosos. Ya ves, quiero hablarte con calma, con la sensación de ir paseando por una alameda verde.
Solitaria, caminando entre tomillos y laureles, dejo estos cantos de inocencia, estos tanteos de lo indecible. Arrojo de mi frente la caminata acendrada en la armonía de las estrellas. ¿Quién colocó las estrellas en esa sucesión aritmética tan húmeda? ¿Para quiénes serán nuestras palabras, para quiénes los lamentos olvidados, las alegrías máximas de la vida? ¿Qué sentido volver a decir lo que se vio, intentar infringir las leyes del pasado vertiendo polimorfos cantos?
Con la caligrafía del olvido vengo a escribirte estas palabras, a dejarte desnuda como una vocal solitaria, a inculparme de las travesías del egoísmo, a proferirte una poesía repleta de fatuas incidencias, de relamidas verdades que se deslizan entre la sintaxis de este hervidero.
Ya respiro como los montes, seco; ya respiro como las aguas enturbiadas de mi melancolía, sin concierto más que la rabia; ya me respiran los almendros como un fruto que espera su caída. Buscábamos un camino a lo largo del día, sin saber que el camino no existe, simplemente estaba entre nosotros.
Porque recuerdo tu presencia y la gravidez de tus manos, porque retomo de los cigarrillos el escandido humo de mi boca, necesitaba hablarte de esta forma tan opaca y perentoria para nosotros. Porque el nuestro es un lenguaje de la naturaleza, es el lenguaje de los ciervos en la noche, de los silbos encontrándose en la oscuridad de los valles y los montes, las arenas y los ríos.