miércoles, 21 de mayo de 2008

LA MANÍA (Salón de pasos perdidos), A.T

"No deberíamos decir jamás de una vida que es aburrida porque, en todo caso, si eso ocurre es porque ha sido mal contada"
SUCEDE con La Manía, de Andrés Trapiello, lo que en el poema de Cernuda, termina uno por convertirse tras su lectura en un naipe extraviado de su baraja, que es la vida. Se siente uno azotado por todas partes, como una barca anclada en la orilla de una playa. Por momentos, la barca sobrevive a los vaivenes de los cautos oleajes, en otras ocasiones viene el río revuelto y enturbiado y la barca comienza a oscilar de un lado a otro con la violencia neptúnica de las algas.
Un naipe desbarajado, al margen de sus días, con la sensación de fundirse en la vida de otro, de A.T; o mejor, en su capacidad para dotar a lo cotidiano de las ascuas literarias. De esta forma, partiendo de la conciencia de que la manía es la vida misma, comienza uno su andadura por el relieve de una escritura que se desliza ágil y sentenciosa, con ritmo propio, sin dejos sintácticos ni aspiraciones espurias, en una prosa larvada por la pasión de escribir y bien trenzada.
En ocasiones, como agua enfangada, se tropieza uno con la travesía de cierta exaltación del yo, de A.T, de sus cuitas y manías (no la literaria); estas zonas de asueto resultan, a veces, sin desmerecerlo, crestas de pedantería, muestras cercanas a un “con esas a mí” que desconcierta entre tanta mesura. Sin embargo, el curso extraordinario por el que te mueven estas páginas consiente estas desviaciones como añadidos necesarios.
"Una novela en marcha" que se transfigura en el formato del diario tiene, por lo demás, permiso para adentrarse por cuantas interpretaciones crea necesarias su autor. Por este motivo cuesta mucho trabajo abandonar, -a pesar de las 815 páginas-, su lectura, ya que nos lleva Trapiello por los acueductos de la vida y los rastros de la literatura. Esta es una buena aproximación, ahora que la escribo, el Rastro, una de las manías de A.T.
Cuando uno pasea por los rastros se detiene aquí y allí, contempla objetos de otro tiempo, que pertenecieron a otras manos y ya sólo al menudeo de la anécdota. Así este salón de pasos perdidos. Pasea uno por ellos: por aquí, acullá, por una página repleta de rifirrafes, se distrae uno en una anécdota, en una ocurrencia, un suceso destacado por la vibratoria mirada del escritor y prosigue, aun sin escuchar sus pasos, hasta que termina el paseo. De continuo aparece la necesidad de leer más. De la misma manera que en el Rastro, de donde nos llevamos un libro descatalogado, inencontrable, curioso, príncipe en su edición, se lleva uno de La Manía en el recuerdo o en un cuaderno el espíritu visionario de los diarios, algunas páginas magistrales, una prosa alejada de impurezas y no pocas frases felices, fragmentos imborrables.
Como un esturión literario que desprende las huevas del caviar, conviene destacar esta obra para aclarar, en el panorama de críticos y mindundis metidos a literatos, que fragmentar el discurso, incorporar otros lenguajes e inmovilizar la acción en estampas mal escritas y peor concebidas, es como decir en pintura que el collage es un invento de hace pocos días. Esta marcha de una novela de salón demuestra que aún la literatura pervive en los escritores y a pesar de ellos. Espero, ya con anhelo, la próxima entrega, Troppo vero.