jueves, 22 de mayo de 2008

DULCE, MARÍA.

SUELO escuchar el programa de radio -Las afueras, en Uniradio- que unos amigos mantienen, de un tiempo a esta parte, todos los miércoles. En él hablan de literatura, de actos culturales, realizan entrevistas jugosas, leen poemas bajo efectos etílicos y lírico-musicales, ahondan en las vidas literarias de filósofos y personajes de la cultura, en fin, un programa agradable para los que gustamos de escuchar la radio, máxime cuando lo realizan compañeros de guerras perdidas.
En la página web de Uniradio puede uno tanto escuchar la programación en directo como descargarse los últimos programas; y es eso lo que hago habitualmente, escucharlos los jueves.
Sin embargo, hoy todo ha transcurrido por otros cauces que no son los habituales. Acabo de despertarme, porque sumo varios días abandonado por el sueño, atascado con el trabajo y leyendo páginas como salones. Me he despertado y he soñado que estos amigos leían un poema
-si puede llamarse así a los artefactos pseudorítmicos que reuní creyendo que era poesía- con un fondo musical la-la-la. De repente, también recordé la casa de los hermanos Loynaz, en Pinar del Río (Cuba) cuando el silabeo de los versículos comenzó a sonar. Soñé con un canasto azul, una furgoneta pinchada, una mujer ciega que hablaba hasta el infinito de Alejo Carpentier, una camiseta del Recreativo de Huelva, unos calzoncillos de Epi (el de barrio sésamo) y con los refrescos de Juan Montero. Todo terminaba en la Heladería Copelia, rodeado de libros viejos, revistas ilustres y carcajadas sonoras, tan sonoras y medidas como una oda interminable que aún resuena bajo el velo de la amistad.