lunes, 30 de marzo de 2009

Canto y delirio.

Cuando vio el horizonte trémulo, con las agallas dibujando a sus pies la miseria de sus días, recordó el canto limpio y sempiterno de las aves, el merodeo instantáneo de los cielos, la críptica música de las esferas. Recordó, igualmente, un canto de Leopardi: “En esta inmensidad se anega el pensamiento”. Al desplomarse desperté de mi sueño: mis manos estaban mojadas y olían a naftalina.

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v, gaviota hierática.


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w, el bigote de Nietzsche.

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d, caracol vertical.

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D, arpa con cuerdas transparentes

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Nadie puede comprender ni admitir la existencia real de otras personas, antes al contrario, son estampas cotidianas como una calle que transitamos a diario, como un paisaje fijado por la conciencia o como un trago de agua que nos recorre la garganta con el sentir insípido de su sesgo acuático. La vida, decía Pessoa, perjudica la expresión de la vida. De la misma manera, la gente dificulta la expresión de la gente: en ellas termina la potencia de su idea, en ellas se figura la interminable mirada de la ficción. Al final de la vida no hemos hecho más que soñar, prefigurar el infinito, atisbar la cercanía de nuestra muerte, escribir arañando las sombras, hablar con la deletérea lengua del pensamiento.
Yo no soy yo, pero no preveo quién dejo de ser. En el otro me fundo, y me precipito en la escritura, y pienso: la escritura es el rescate de un yo que se muere en nuestros dedos. Acaso su rostro.