miércoles, 4 de marzo de 2009

Un encuentro en el camino.

La clase en silencio. Un joven levanta la mano. Cargado de timidez, la mirada gacha lo delata. Prefiere acercarse a mi mesa (eso lo percibo en su lentitud y en la mirada que lanza a su alrededor para sacudir su conciencia). Se acerca y me dice con tono preocupado, “¿Por qué el Mochuelo, al final del libro, dice –y empieza a leer en voz alta el subrayado-: “cuando la vida le agarra a uno sobra todo poder de decisión”?

Sé que está ansioso de que le pregunte algo. Por eso no deja de mirarme y casi de incitarme a que levante la mano y realice una pregunta. Esta vez no. La clase lee en silencio y siempre soy yo el que salta con sus interrogantes. Así que esta vez no me parece apropiado que sea yo el que comience el debate, esta vez no. Esperaré a que otro lo haga. Sin embargo, ahora que he terminado de leer el libro, tengo una pregunta de verdad, es decir, no una pregunta para mostrar mi interés en público, sino una pregunta de la que necesito una respuesta.

Hoy piensa demasiado a pesar de que se ha terminado el libro. Lleva un buen rato mascullando unas palabras con mucha lentitud, así lo demuestra el movimiento de sus labios, ¿estará ensayando su pregunta? De todas maneras, todavía queda más de la mitad de la clase y en ese tiempo estoy seguro de que lo volverá a hacer.

Acabo de preguntarle al profesor qué le parecen unas palabras del Mochuelo al final del libro de lectura que estamos trabajando, El Camino, de un tal Miguel Delibes. Esas palabras me han preocupado, ya que la vida jamás me había parecido un lugar de restricciones, más bien siempre quise entenderla como el lugar de la manifestación de la libertad. ¿Por qué el Mochuelo termina concediéndole a la vida su vida? ¿No prefería quedarse en el pueblo, junto a la Uca-uca, su padre, don José, el boñiga, cerca del cuerpo muerto y del tordo que guarda el tiñoso etc.? ¿Por qué debe irse de donde estaba a gusto? No entiendo esa obsesión del padre por querer que su hijo estudie. Yo, al final de la novela, cosa rara, la verdad, he llegado a llorar alguna lagrimilla, sobre todo en la despedida. Pero esto no se lo puedo decir al profesor, pensaría que soy muy blando y que sólo se trata de literatura.

Seguro que lloró que al final, su pregunta lo ha delatado. Ha vuelto con la misma virtud de siempre, de ser un lector virguero, que sabe situar la obra con pocas palabras. Puede usted sentarse, le digo con voz queda. Tiene usted la máxima calificación.

Acaba de decirme que tengo la máxima calificación, pero no me ha dado una respuesta a mi pregunta. Su actitud es insobornable, como el vuelo de un milano. En realidad es un sentimental, seguro que lloró cuando leyó el libro de joven. Pero, ¿qué opina usted sobre esas líneas?

Al recordar el final de El camino, no he querido delatar mi debilidad. Me he guardado la lágrima del Mochuelo en lo más profundo y se la he regalado a este joven para siempre. Ese joven soy yo mismo, ese joven soy yo mismo.