martes, 17 de marzo de 2009

Un centón prosaico.

Los días están contados y esta tarde no tengo previsto nada, lo que suele decirse, nada. He pensado que voy a dejarme llevar por lo que surja, por lo que inesperadamente anude la nada y la desmienta disfrazándola, mal que bien, del fuego fatuo de la rutina.¿Qué hay tras ella, qué reviste?
Hoy no soy más que un velero, una pequeña barquita que fonda cerca de la orilla de sus libros, que se deja bambolear por el surgir de las olas: y las olas nunca predicen el absoluto. Contemplación. Misericordia de la conciencia cronológica, esa es nuestra ruina visitada, nuestro hospicio provinciano.
Ni siquiera he dejado sobre la mesa los libros que diariamente selecciono para que las tardes orilleen al son de la letra impresa. Ni un solo libro, sólo la imaginación y la esperanza de leerlos todos.
***
Como quiera que esta tarde es un centón incomprensible, aplico a la literatura esta disposición de la vida. Acabo de levantarme y me he situado enfrente de una parte de la biblioteca. Sin ningún criterio rescato de las baldas cuantos títulos crea inevitables para este juego. M, asustada, me impreca a abandonar esta nadería y me recrimina con una sonrisa en la boca. Mis andares, descompuestos, me llevan a la escritura. Voy a configurar un centón con los fragmentos de los libros que llevo en las manos, es decir, voy a escribir con los fragmentos en mi cabeza. Aleatoria selección, inapropiada, sólo estigma de mi nihilismo taciturno.
Bajo el hechizo de la intuición, esta es la nómina: Poesía, de san Juan de la Cruz; La memoria del logos, de Emilio Lledó; El ser y el tiempo, de Heidegger; Obras completas, de Wilde; Leyenda, de Juan Ramón Jiménez; Escritos a Lápiz, de Robert Walser y Memorabilia, de Juan Gil-Albert. Después de leer algunos pasajes de cada uno de los libros, he escrito lo siguiente:

“Algo me reclama constante, como una permanencia irresistible, como una necesidad: vivir. Mi vida no ha tenido nada que ver con lo que yo llamaba “la vida”, y que era la vida de los otros.
Los días transcurren unos tras otros y no sé si estoy seguro de mi talento. En mí tiemblan seguridades que descansan como putas encima de los cojines de mis incertidumbres. Las montañas, vista al sesgo, parecen frágiles porcelanas, escabeles; y yo mismo escribo aquí, como si fuera un mandado, una estalactita a punto de derretirse. Pero pienso en el silencio de estas cordilleras, que el artista es el creador de cosas bellas y que revelar el arte y ocultar al artista es la finalidad del arte. Por eso me cobijo en estos mis paseos, para deshacerme de mí mismo.
Un poco más tranquilo, me digo: ya el Tiempo se va poniendo más amarillo. La tarde tiene ya, corta y doliente, veredas de soledades.
Al llegar la noche clamo al cielo como un animalillo asustado: ¡Qué cerca está lo distante, en la noche azul y honda!; y voy al sueño poseído por la patente faríngea del abandono a la fruta mordida.
Al día siguiente, leo lo que anoté en mi libreta, pero lo hago cargado de incredulidad. Nada se muestra, siquiera un sentimiento pertenece a su ser; más bien, el ser es lo que menos puede ser nunca nada. Más bien lo que se oculta es lo que podría establecer este fenómeno que me habita y deshiela.
¿Qué felicidad?¿Qué encuentro me espera? La escritura es una aspiración ascética, que roza los límites de la soledad y la destroza, que surge del silencio y respira el silencio. Todo esto es fortuito, caigo en la evidencia. Como un diálogo de Platón que se enquista en la búsqueda hasta parirla. Detrás de cada hombre hay hechos o hay palabras. Y ¿qué se dicen las ínsulas extrañas, los ríos sonorosos, el silvo de los aires amorosos? Ya la espesura y el esmalte de los vientos anuncian el robo de la lumbre. Es hora de volver a mi paseo, de darle pábulo al silencio: llevo el fuego de los dioses entre mis manos.