martes, 27 de abril de 2010

Almacabra.

La poesía es memoria, es tiempo y es palabra. Lo contiene todo, pero no muestra nada. Hace presente el discurso pasado. Es memoria porque usurpa y extirpa del tiempo lo que quiso ser olvido. Es tiempo porque el tiempo es para la poesía la conciencia plena. Es palabra porque la palabra es razón de la consciencia y de lo pleno y de la usurpación…

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Me llega un paquete de libros que esperaba desde hacía varias semanas. Concretamente, dos libros de José Luis Acquaroni y una primera edición, de 1854, de una comedia titulada Una virgen de Murillo, escrita por Luis de Eguílaz en colaboración con el hijo de Larra, Luis Mariano de Larra.
Las tres ediciones han sido adquiridas por motivos especiales. La obra de Eguílaz, del dramaturgo nacido en Sanlúcar en 1830, por bibliofilia y razones profesionales (y económicas, por supuesto). Las de Acquaroni, porque ni siquiera José Carlos Mainer dedica unas líneas, en su nueva historia, a la obra de este Premio Nacional de Literatura en 1977 con Copa de sombra. El otro título de Acquaroni que he adquirido es El Turbión y es una primera edición, de 1967, en ediciones Prometeo, de Valencia.
En Copa de sombra, Sanlúcar se convierte en un espacio mítico, El Puerto de Santa María de Humero. A pesar de la ficcionalización del lugar, no pocos historiadores locales han localizado las casas que se nombran en la novela. Sin embargo, el punto de partida que toma el autor para el arranque de su obra, está en una lista de los fusilados entre el 18 de julio de 1936 y el 4 de enero de 1937. Esta lista fue tomada de los diarios del historiador Manuel Barbadillo que se publicó en la obra de Eduardo Domínguez Lobato, Cien capítulo de retaguardia (Gregorio del toro, editor, Madrid, 1973). Todos fueron fusilados en unos terrenos aledaños al camposanto de la ciudad, llamado almacabra. Cuántas veces he paseado por esos lugares.

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Los días en que la poesía lo invade todo son los que más desvarío proporcionan. Los que rinden, con su tormenta, más matices al final de la tarde. Porque el día amanece a cada momento con la presencia de la poesía. Y la palabra enmudece, se hace recoleta; las luces se embargan de oscuridad; la lucidez y la inteligencia son insuficientes restos y despojos del hombre. Más vale recogerse a lengüetazos después de la invasión y el trance. Y mantenerse en silencio como una estatua viva. En silencio, como un laberinto inhabitado.