domingo, 18 de abril de 2010

Materia de la infancia.

Paseando por la playa de la Jara, con M.C., se me ocurrió preguntarme si estaban todavía allí los niños con los que jugaba, cada sábado, enfrente del Coto de Doñana. Lo hice sonriendo, como se hacen las promesas abiertas y se dan los pasos al mediodía, como las pisadas ocultas de las gaviotas sobre la piel de las sirenas.
Aquella geografía sigue siendo un mapa inexplorado en mi memoria. La arena blanca arraiga en mi piel, el salitre habita en mi lengua. En mis retinas siguen clavados las verdosas posturas del sol sobre el Coto. Éste era un territorio mítico con el que mi padre y mi abuelo solían bromear cuando quedaban las familias conjuntadas en las casetas de playa. Decían que iban a coger sandías y que llegarían nadando en un momento. La piel morena de mi abuelo y sus cicatrices eran las señales de que aquello podía suceder.
Poco a poco, fui rescatando del olvido algunos pasajes de los años en que el verano era el tiempo de las noches blancas. Por ejemplo, cuando los sábados nos dejaban ir a jugar a la playa, cuando llegaba la primavera. Qué frescor de la arena en los pies, que pálpito de tierra y de agua, qué rumor ocupando los oídos inocentes y blandos de los niños. Eran días de plenitud, de la plenitud de la infancia.
Asimismo estudié muy cerca de ese lugar, de la desembocadura. Y formó parte de la educación que mis maestros me ofrecieron. No he llegado a resolver todavía ese rubor de talismanes marinos, esa exaltación del fluir del tiempo, esa conciencia marítima que transforma y cincela en lo inexpugnable. En ella habito todavía, en ella soy, de ella devengo. Paseando por la playa se me ocurrió preguntarme si estábamos allí todavía…y si seguían los pájaros cantando.


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Tengo una teoría de la lectura que consiste en los estados del alma. Hay autores que no deben ser leídos hasta que no tengamos conciencia de que estamos predispuestos a leer sus versos o su prosa. Me sucedió con Proust, con Rilke, con J.R.J y con Cervantes, entre otros. Algo parecido me sucede estos días con Baudelaire.
De las páginas de Baudelaire, destaco las dedicadas a los vínculos que se establecen, desde su convicción literaria, entre el poeta, la poesía y la realidad. Igualmente, me han sorprendido algunas referencias a la modernidad, por las aspiraciones y por la actualidad que pueden adquirir toda vez que sean despojadas de su tiempo: “La modernidad es lo transitorio, lo fugitivo, lo contingente, la mitad del arte cuya otra mitad es lo eterno y lo inmutable”. Con estas palabras, Baudelaire se refiere a la doble dimensión de la belleza, es decir, a un tema que me preocupa desde que comencé a escribir.
Desde este punto de vista, exige Baudelaire de la literatura un movimiento circular, que aúne la indagación de lo eterno desde lo fugitivo, la exploración del presente hasta que le arranquemos las esencias que se perpetúan en el ciclo. Un anillo, como Bécquer. Un trazo en círculo que restituya la realidad percibida como materia de lo perpetuo. Entendiendo que la materia es experimentable y que lo perpetuo deviene de esa constancia, ah, quizás eso sea la poesía, materia de lo perpetuo.