miércoles, 14 de abril de 2010

¿…Y si Dios es la nada? Hoy he estado todo el día pensando en este aserto. Por la mañana, en Lebrija, llegué a una conclusión. Más tarde, después del almuerzo, en Sanlúcar, a otra. Ahora, en la noche, en jerez, no sé dónde comenzó todo. Quizás en la nada.

***

Cuando Marcel Duchamp colocó el urinario en medio de un museo, estaba revolucionando el concepto de arte. En ese urinario iba implícita la tremenda pregunta ¿qué es el arte? El urinario, en ese lugar, no servía para conducir los fluidos a las alcantarillas. Entonces, ¿para qué? A expensas de su utilidad cotidiana, ¿qué hace allí, es decir, qué es?
La descontextualización es el primer argumento que los teóricos utilizan para salir adelante en su defensa, pero creo que es insuficiente y que no termina de aportar ninguna conclusión definitiva. Cuando trato de llevar esta problemática del arte moderno a la literatura, se hace difícil encontrar respuestas clarividentes. De momento, la literatura no puede negarse como objeto verbal. Tampoco podemos desentendernos de su dimensión social, cultural y antropológica, así como de la estética.
Si bien es cierto que el arte moderno comenzó en el límite del arte, lo que ha venido después ha sido una extremaunción de los abrazos de los artistas a la incapacidad por transgredir esos límites ya desvirgados. Es decir, una innovación en la espacialidad, en la perspectiva, pongamos por caso, en el Renacimiento y que ahora nos puede parecer nimia, era una verdadera innovación. Ahora la innovación ha cambiado de circunstancia. Habría que buscar incesantemente en lo escrito aquello que se dejó sin decir o que se dijo sin las palabras adecuadas.

***
Me he identificado tanto con el personaje de Huysmans que esta mañana quise repetir una acción que se desarrolla en uno de los salones en que discurre lacción. Des esseintes solía esquivar a los contertulios que no tenían nada que aportar con una pregunta demoledora: “Espérese, ¿lo que me va a decir me ayudará a creer en Dios, me valdrá para entender al hombre? Si no es el caso, le rugeo no me dirija la palabra”. Estuve a punto de enunciar estas mismas palabras, con el garbo merecido. ¿Lo hice?
***
Si antes de abrir la boca, de pronunciar una palabra, de habiatr el silencio con un cliché pensásemos en la importancia de las palabras, en su fuerza proteica, el mundo avanzaría más lentamente, es cierto, pero avanzaría. No seguiría embarrado en las mismas ideas y circunstancias, como comprubeo cada mañana en el lugar del crimen.