martes, 6 de abril de 2010

Nada que temer, ni a la escritura.

Escribir para pasarlo bien no me parece un argumento que solucione ni diagnostique esta manía con ninguna certeza ni exactitud. Porque las palabras nos sustancian con demasiada determinación y nos tercia y nos alumbra la realidad. Por eso no estoy con esos escritores que dicen escribir para pasarlo bien, como el que juega un partido de fútbol o prefiere un paseo en bicicleta. En absoluto.
Por otro lado, soy incapaz de dar en claro un argumento para rebatirlo. Por eso creo que esto de la escritura es cuestión de fe, de fidelidad. ¿A qué? Precisamente al qué, precisamente a la misma curiosidad que poseen los científicos que hurgan una y otra vez en la materia para intentar comprenderla y comprender qué es el mundo. Como ellos somos todavía incapaces de llegar a un juicio completo y total, como ellos nos movemos por la curiosidad, por la empatía con el mundo. Como ellos nos deslumbramos por la luz, el agua, la tierra...la materia. Y en ella estamos y somos. ¿Deja de ser bella la música si encontramos su principio?

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Me refiero a esta intransigencia con los días. No puedo remediar que, llegada la tarde, tenga que escribir en este diario. Las palabras son la sangre que brota, aunque sea sangre putrefacta e inservible. No puedo remediar trasladar la experiencia lectora a estas páginas escondidas. Las prefiero porque son únicas en la mayoría de los casos, a diferencia de lo cotidiano. ¿Cuántas veces leeremos En busca del tiempo perdido, de Proust, en nuestra vida? ¿No merece ser contada esa experiencia única de un individuo frente a un texto?
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Es evidente que ellas forman parte de mi vida y que deben formar parte de mi memoria y de las palabras que hollaran mi sepulcro. Por ejemplo, llevo dos días leyendo un maravilloso libro de Julian Barnes titulado Nada que temer. En él se aborda, entre otros asuntos, la muerte, Dios, la tentativa del escritor. Sin embargo, entre tanto talento, este libro ofrece un homenaje a un escritor querido, Jules Renard, de quien también escribí su lectura. Somos ahora, Barnes, Renard y el susodicho una pequeña comunidad unida por este diario. Y a ella invito a Vila-Matas quien ha dejado entre líneas la misma inquietud que Barnes. Estos libros últimos, Dublinesca y Nada que temer tienen demasiados parecidos. Será mejor que comience a tomarme en serio el reino del azar en que vivimos. Quizás allí resida el principio que ansiamos.

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No leo a los poetas de ahora, como no leo a los poetas de hace años o siglos que no me interesan o que provocaron mi rechazo en cuanto comencé a leerlos. En poesía, las lecturas quedan cada vez más reducidas. Hay en ellas una liturgia circular que va sacudiendo la impostura y la ingravidez. Esa impostura, que no deja de ser afección personal, me hace terriblemente misántropo con los poetas. No me gustan los comprometidos socialmente, los husmeadores de imágenes vacuas, los sencillos sin esencia, los políticos, los religiosos acérrimos o los narradores versificadores, entre otros. Creo que el cauce de la poesía se ha ensuciado demasiado y que la ceguera de los que escriben poesía cuando quieren escribir otra cosa, los delata demasiado rápido y con demasiada transparencia. El compromiso anda en otro lado en la poesía.