sábado, 10 de abril de 2010

Hoy sentí un escalofrío inaudito cuando eché cuentas y comprobé que Miguel Hernández murió con veinte y nueve años, casi la misma edad que tengo por el momento. Un escalofrío mineral, húmedo, candente, como su poesía. Porque se me hizo un abismo la plenitud de su verso frente a la miseria de estas palabras.

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Después de escuchar durante varios días a Bramhs, Bruckner, Franck y Mahler, he comprobado que, en todos ellos, hubo un afán místico y de absoluto.La instrumentación va dejando paso, a medida que los músicos se hacen misántropos y habitantes de la soledad, a una claridad melódica y sonora. Los timbres de los instrumentos de viento se ufanan por convertirse en perlas desasosegadas. Los metales invaden el ímpetu apagado y aminorado de una música que parece reverberar en el silencio.

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Sigo leyendo a Barnes plácidamente. Lo hago sin escribir la lectura, porque este libro necesita que el espíritu se haga liviano para comprenderlo. Ahora bien, no conozco a un escritor español capaz de escribir un libro como este, un libro que indaga en las piedras angulares de la vida del hombre, desde la ironía y la inteligencia. Un libro descargado de problemas genéricos y de estilo. Todo él es prodigioso, incluido los remedos autobiográficos y las vetas ficcionales.
Barnes siempre se ha declarado un admirador de Flaubert, incluso dedicó un libro notable al escritor de marras, El loro de Flaubert, con el que disfruté la lectura. Pero me ha sorprendido el culto que le rinde a la figura de mi admirado Jules Renard y a su familia. Sobre todo, al padre. Siguen apareciendo Flaubert, Stendhal y otros autores franceses, pero la figura de Renard es capital en este volumen.
El autor recurre a una vieja sentencia de los jesuitas para definir al hombre: “un être sans raisonnable raison d´être”. Un ser sin una razonable razón de ser.

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Para hacer de Dublín una topografía de la ficción me releo las páginas que le dedica Wiesenthal en El esnobismo de las golondrinas. Y el capítulo seis de Ulises y algunos pasajes de Dublineses, de Joyce.