domingo, 4 de abril de 2010

Un paseo por el campo.

Para M.A., C. y P.J.
Rodeados de quejigos, encinas y alcornoques y al compás del canto del cuco, nos adentramos, de mañana, en la sierra de Cádiz. Habíamos decidido visitar a unos amigos que residen allí, en El Bosque, y aprovechar sus conocimientos sobre el lugar en que viven. Poco a poco y dadas su sensibilidad y destreza, han ido acumulando un conocimiento de la naturaleza que los rodea, al punto que se sienten parte de ese ciclo circular y poderoso del que tanto nos alejamos.
Llegamos el jueves por la noche y allí nos esperaba la amabilidad y la cortesía. Qué grata resulta la gente que ofrece su tiempo por la amistad, por la compañía y la conversación. Los que viven en el campo desarrollan una solidaridad nada esquiva, un sentido de la complicidad que en la ciudad se ha ido diluyendo. La gente del campo brota de nuevo con la primavera y renuevan sus ilusiones, sus renuncias, así como vierten sus cantos de individuos en cada paso que surca el tupido suelo de los bosques.
Decía que nos adentramos por la sierra después de que Pepe Juárez nos desgranara sus conocimientos sobre el lugar que estábamos explorando. Corría un frío atemperado. El cielo se mostraba grisáceo. Los pájaros graznaban con intensidad.
Toda vez que realizamos la primera parada y nos hicimos en la boca con unos trozos de bizcochos, quisimos seguir incentivando el verbo fácil de P.J. y las palabras ilustradoras de M.A. sobre las aves y sus posaderas más frecuentes. Mientras tanto, C. nos indicaba algunas cuestiones que pasan desapercibidas para los que no estamos, por desgracia, muy relacionados con el medio agreste. Aún tengo en la memoria la robustez del arce de montpensier y la gracia natural de las cabras pastando por las inmediaciones.
Cruzamos, después de varias horas, por una zona en la que restaban algunos quejigos que habían sido sometidos a la extracción de carbón vegetal. Estaban huecos por dentro y casi derrumbados. Podía decirse que les habían robado las vértebras y que estaban vencidas, que sus costados habían cedido a la fuerza del agua y del viento. Esas posturas cuasi deformes formaban un paisaje que testimonia la relación entre el hombre y la naturaleza.
Pasado un buen rato, M.A. nos condujo hasta un lugar en que las encinas acompañan con su sombra y conviven con árboles frutales torturados y patéticos, con quejigos que muestran su vigorosa y gótica presencia y con alcornoques que ofrecen sus pelados troncos al visitante. El río que los atraviesa estaba colmado de ranas que croaban su incomodidad ante nuestra presencia. Lo demás fue charla sobre el hombre, buena compañía, abejarucos y risas, porque en la armonía de un bosque el hombre participa de lo que se transforma como su misma memoria. Por supuesto, durante todo el trayecto no dejé de recordar algunos versos de fray Luis, de Claudio Rodríguez, de Antonio Machado o Unamuno, de Miguel Hernández y la prosa de José Antonio Muñoz Rojas, esa prosa bendita de Las cosas del campo: “Cuando florecen las encinas, decía, hay que temblar.”

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Leo a José Moreno Villa y sólo me quedo con algunos poemas, pocos, muy pocos. No sé hasta qué punto se le ha dado a este poeta más impronta de la que merece o hasta dónde mi desacierto como lector es una vergüenza. A decir verdad, entre los poemas que más me han gustado están los que pertenecen a Romances de la guerra civil (1936-1937), sobre todos, "Madrid, frente de lucha":
“Tarde negra, lluvia y fango,
tranvías y milicianos…”.