jueves, 29 de abril de 2010


Esa escena es candente. Reposa la mujer junto a un rufián en uno de los lados de una cafetería. Los tonos del cuadro recogen a la perfección cuáles son los aditamentos de la tarde que divaga entre las mesas de un café.
La mirada de la señora, cuya vestimenta imagino desaliñada y patética, dispara a un ángulo muerto las esperanzas perdidas. Mientras, él fuma aguantando la pipa con la mano izquierda. A los dos individuos les ampara la absenta. La perspectiva oblicua es una metáfora de la sociedad que los cruza y desviste, que los azota y los margina e hiere con la maquinaria de entonces. Y esos zapatos que asoman, desolados, bajo el traje... Los hombros caídos y sin tensión muscular, frente al brazo que mantiene el cuerpo del mendigo algo más erecto. En el fondo, los dos están vislumbrando la misma condición, la de ser sombras proyectadas sobre sombras.


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Schumann, el piano en la tarde con la excelencia del fraseo. Las melodías de sus sonatas surgen como esos colores de Degás: resucitando el vaho de la evidencia. Con la música, el verso de Borges se actualiza y se instala en lo sucesivo: “Ya somos el olvido que seremos”.
Precisamente, la música es un elemento faústico si la consideramos la fórmula más inmediata de dejar de ser y de entregarse a no se sabe qué fuerza. En esa entrega se nos fue, de pronto, lo evanescente.


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Esta mañana dije que lo bello es amado y lo que no es bello no es amado. No es nada nuevo, es una enseñanza de la época griega, una cosmovisión que enlaza el arte y el pensamiento. Dije que lo bello, después de haber leído el libro de Umberto Eco, se había quedado demasiado deslindado de una concepción plena y coherente. Y que a lo mejor, en esa indefinición moderna, están algunas confusiones de los artistas nuevos de capillas. Las miradas de los compañeros me sentenciaron. Y entonces corrí a una esquina, me senté entristecido, con una brazo sobre la mesa mirando al frente a ningún lugar. Por unos momentos, fui el personaje de Degás.