lunes, 19 de abril de 2010


En la excelente traducción de Enrique López Castellón (Akal, 2003), de la Obra poética completa, de Charles Baudelaire, leo en “Epígrafe para un poema condenado”, el verso siguiente: “léeme, para aprender a amarme”. Este verso conduce al lector a un pacto fáustico con el poeta, a la asunción de una individualidad que debe ser reconocida o negada de principio: eros y tánatos, sístole y diástole, haz y envés, lectura u olvido. Propone, por tanto, Baudelaire, una estación intermedia que anuncia el descendimiento a las florituras del mal que habita en el hombre. El mal que nos une, como proclamaba Shopenhauer, la estación de los contrarios.
Hay, por lo tanto, desde el comienzo de Las flores del mal, una declaración ética diluida en la estética. Tú, pacífico y bucólico lector, aprende a amarme con la lectura. Desde el momento en que leí el verso quise apreciar la sonoridad de la lengua francesa: “Lis-moi, pour apprendre à m´aimer”.
Describe su libro como saturnal. Este adjetivo posee, amén de una fuerza poética envidiable, una doble connotación. Este malditismo está cargado de actualidad y es un elemento contemporáneo al que tenemos que enfrentarnos desde el arte, no como una invasión de la decadencia, sino como un síntoma del hundimiento moral al que estamos sometidos. En buena medida, podríamos preguntarnos a qué se debe esta ausencia de ética en la poesía, a esa ausencia de autoconsciencia y de alejamiento individual.
¿No sería necesario una revuelta de la conciencia para alcanzar el estado primitivo y originario?
Recuerdo que Pío Baroja tiene un libro titulado Los Saturnales y que está dedicado al caos que provocó la Guerra Civil española en relación a los ideales, las jerarquías, las relaciones humanas. El libro refleja lo que Curtius establece como tópico de la antigüedad, “el mundo al revés”. Una topografía de la modernidad.

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En “Bendición” el poeta se presenta con la doble condición a la que es sometido por el decreto de los sumos poderes. Hay en este poema una estrofa que puede resumir tajantemente las usurpaciones del poeta a los hombres:

“Yo sé bien que el dolor es la sola nobleza
donde nunca harán mella la tierra y los infiernos,
y que para tejer mi mística corona
se requieren edades y universos enteros”.

La potencia verbal del poeta ante su insuficiencia vital. La condición asoladora de su finitud, pero atravesada por la doble ansia de bendición. Para Baudelaire, Dios otorga el sufrimiento como un remedio de las impurezas que nunca serán alcanzadas ni en los cielos ni en los infiernos, esto es, ni en la gravedad de lo bueno ni de lo malo. Sin embargo, la conciencia del poeta es plena, porque conoce, a pesar de su ambivalente disposición, que hace falta el espacio (universo) y el tiempo (edades), todo, el uno, para alcanzar la luz pura que anunciaba en versos anteriores.

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Ayer, día de poemas. Toda la tarde intentando unir algunos versos que brotaban con demasiado trabajo. Versos fallidos. Trabajo necesario, sin embargo.
La poesía asciende de no sé qué instantaneidad para encumbrarse en lo cotidiano. Entonces hay que agarrarla y someterla al brinco de las palabras. No debemos dejar ningún rastro sobre el tiempo. Ni siquiera la ambición y la vanidad.