jueves, 1 de abril de 2010

La obsesión desaforada en Dublinesca, -VII-.

Lo he decidido, terminaré Dublinesca cuando vuelva la lluvia. ¿Qué haré mientras tanto? Probalemnete, imagianr el entierro de la literatura que me gusta leer. Porque no creo que se acabe, más bien ha cesado la aspiración espiritual de los escritores.
Para ello me colocaré un impermeable verde y saldré al patio de casa. Allí mismo realizaré el rito funerario de la era Gutenberg e inauguraré, con toda la solemnidad del individualismo, la era google, una era que detesto de antemano, que me sugiere el latrocinio del individualismo, el que ha dado los mejores frutos de las mentes más ilustres. Todo ello lo realizaré mientras miro a mi biblioteca con la profundidad del mar irlandés. Intentaré llevar un volumen de Ulysses, de Joyce, abierto por el capítulo seis. Mientras tanto, la lluvia golpeará los cristales y marcarán los pasos del réquiem. Es lo menos que puedo hacer por este personaje, Riba, que sueña con la nueva etapa de la literatura.
Y, por cierto, ¿cómo conseguiré una rata para que pasee por el fondo del ataúd imaginario?

Este libro me ha llevado a leer a Joyce. Algunos capítulos de Ulysses. Algunos sólo. Quietud. Sin embargo, la enseñanza mayor de la literatura de Vila-Matas se concentra en una frase que resume su obra y que lo conecta con, por ejemplo, Shopenhauer, a pesar de que el autor jamás haya pensado en Shopenahuer para escribirla, concebirla, soñarla: “Pero le parece que en el arte muchas veces lo que importa es precisamente eso, la obsesión desaforada, la presencia del maniático detrás de la obra”.

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Hoy he leído un artículo en el diario El País escrito por Vicente Verdú titualdo Refritos de la narración. Es un artículo que aborda la narrativa española reciente frente a la hispanoamericana. Viene a decirnos Verdú que los hispanoamericanos, debido a su subdesarrollo material, aún tienen cosas que contar, frente a los occidentales, que ya no necesitan contar nada.
No creo en absoluto en este argumento. Ni los hispanoamericanos tienen todo que contar, ni los occidentales tienen nada que narrar. La diferencia radica, en todo caso, en que a lo mejor ellos saben cómo narrar y los españoles no conocen cómo narrar. En literatura el resultado en la esencia, la forma es la propuesta, la sustancia, por mucho que queramos imbuirnos en conceptos posmodernos. La obra literaria debe mantenerse ella misma, igual que la pintura o la música, ella misma debe sentenciar con su cuerpo. Sin más delirios.
Lo que sucede es que falta la obsesión desaforada, la presencia del maniático detrás de la obra, del escritor que entrega su voluntad a su obra, para que esta se vaya configurando con lecturas, países, experiencias, conocimiento.
Sí estoy de acuerdo en que ahora los libros se promocionan en book clip y en otras zarandajas tan ajenas a lo literario.
Esa falta de obsesión desaforada está presente tanto en España como en Hispanoamérica, porque si los hispanoamericanos han ganado, como dice Verdú, los últimos premios de narrativa importante de este país, eso no los hace literariamente superiores. Creo, más bien, que los escritores con vocación europea, como Javier Marías, Vila-Matas o Wiesenthal, por ejemplo, son los que han sabido zacudirse ese atontamiento general de los literatos, tan acostumbrados a la hipnosis de la tecnología, a la entrega de premios o los cantos de sirena de las editoriales.

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Literatura contemporánea y Dublinesca. Dos dimensiones que coinciden en mi lectura. Porque Dublinesca es una obra que reflexiona de continuo sobre el quehacer del novelista en su tiempo. Extraigo la siguiente sentencia: “Después de todo, la vida es un ameno y grave recorrido por los más diversos funerales”. He querido leer esta afirmación como una opinión cifrada de lo que ocurre con la literatura misma de un tiempo a esta parte. La literatura es un continuo funeral de estilos, modas, autores y corrientes. Un ameno y grave recorrido debe ser el análisis de la literatura actual. Sobre todo de los autores que publicaron un libro y alcanzaron la gloria, la vanagloria, para ser más exactos. Bien, ¿qué sucederá con ellos; no saben los literatos que un libro es un león muerto? y qué más, debemos decir después de leer un maravilloso libro? Si los autores se plantearan su tarea como una desaforada manía verían que, en el fondo, ante la escritura, el autor tiene dos opciones: o calla o muere escribiendo. Y por último, no pueden jamás olvidarse de que el señor con el impermable en Ulysses es el autor del Ulysses, ese mismo que sale al patio de su casa y proclama su muerte para revivirse.