miércoles, 31 de marzo de 2010

Dublinesca VI. El escritor. La cinta blanca.

Cuando Riba piensa, simplemente se dedica a comentar el mundo, algo que hace siempre situado mentalmente fuera de casa y en busca de su centro. Cuando leo estas palabras del narrador, me acuerdo del libro de Perec, Un hombre que duerme. Ese hombre que duerme se levanta un día y hace de ese día el confín de los días. Los detiene y los vuelve a convocar. Los deshace y los vuelve a construir desde su cuarto, con el magma de la memoria y los deseos. Tras desafiar los amarres sociales (exámenes, cafés, lectura de prensa, paseos por los jardines) convoca en su habitación, en su pequeña buhardilla, la voluntad como individuo. A partir de ahí comienza a sancionar al mundo, como si este fuera un campo de pruebas que alguien dirige y contra el que hay que levantarse.
A Riba le sucede algo parecido. Su estado de salud pasado, de hace dos años, lo condujo a una cercanía a la muerte de la que todavía sigue recuperándose. Porque la muerte le enseñó el rostro de la vida. De la literatura. Del mar. De casi todo lo terreno. Quizás también que en la vida debe estar cayendo continuamente del otro lado o, con Juan Ramón Jiménez, en el otro costado.; que nada es tan importante como para olvidar el resto. Y, en todo caso, que en el mar puede uno encontrar las maravillas visuales de la vida.
Ahora entiendo porque llueve en Dublinesca. Son las lágrimas del propio Riba sonriendo a carcajadas.

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Hay situaciones que le molestan al personaje, a Riba, por literarias, por novelescas. Así ocurre cuando Celia llega a casa: “Pero la situación que acaba de vivir al llegar a casa le ha molestado, porque le ha parecido salida de una novela, y si hay algo que hoy en día pueda incomodarle de verdad es que a su vida le sucedan cosas que puedan resultarle apropiadas a un novelista para contarlas en una novela”. El personaje se muestra rabioso ante los trazos de la realidad porque son muy literarios y por mostrarse demasiado dóciles ante la ficción.
Una de las cuestiones sobre la que tendría que escribir es sobre la forma elegida por Vila-Matas para escribir. Una elección que mezcla los giros coloquiales, la forma sintáctica cercana a la frase hecha y manida al tiempo que escribe profundos pensamientos: “algo”, “hoy en día”, frecuentes oraciones de relativo como “la situación que acaba…”, “cosas”, “contarlas”…términos vagos, cercanos al mundo de la administración, de registros coloquiales. Sin embargos, potentes palabras cargadas de inteligencia. Llevo unos días pensando en esta relación. ¿Radica ahí la virtud de esta obra?


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Junto a M.C. estoy realizando un ciclo de cine. Hemos decidido ver todas esas películas que todavía están en las carteleras y que no habíamos visto por diversos motivos. Entre esas películas se encontraban El escritor, de Roman Polanski y La cinta Blanca, de Michael Haneker.
La película de Polanski hace aguas por muchas vertientes, incluido el guión y la dirección. Algunos personajes fueron elegidos más por sus nombres que por sus virtudes. A pesar de que la crítica la considere como una de las mejores obras de este director, no queda más allá que de ese horizonte, una película digna de un director irregular. De ella pocos elementos podemos destacar; no queda en la memoria más que una buena trama dispuesta para que el espectador se mantenga atento e impaciente.
Sin embargo, la dimensión cinematográfica de La cinta blanca es colosal. Mientras la veíamos, en versión original, rápidamente nos dimos cuenta de que estábamos ante una película a la que no podíamos someter el juicio momentáneo. Así es, todavía sus fotogramas siguen apareciéndose incesantes, misteriosos, oscuros, con el blanco y negor de la pantalla.
Quedamos colapsados: era la dimensión más ruín y miserable la que se mostraba ante nosotros. Una dimensión sobre la que no teníamos nada que decir, porque la película progresaba con una fotografía que, junto al narrador, iban hilando una secuencia horrible pero verdadera. La película hace que vayas inoculando la semilla del mundo de un campesinado víctima de la brutalidad, de la desazón ante la vida. Personajes, guión, dirección, montaje...la fotografía. Qué maravilla asistir al cine y dejar allí a alguien que fuimos. Porque esta película transforma e hiere y nos reconcentra allí donde no nos habíamos visto nunca antes.