domingo, 21 de marzo de 2010

Dublinesca en grupo y en mayo.

Había terminado de leer "Mayo", la primera parte de Dublinesca, de Enrique Vila-Matas. Se me ocurrió que, aparte de escribir la lectura de aquellos pasajes más significativos y que había subrayado con esmero, podía imitar al personaje de ficción, Riba. Llamé, para ello, a dos compañeros con la intención de que vinieran a mi casa para leer en voz alta la novela y para comentar aquellos pasajes que nos despertaran alguna inquietud. En definitiva, para que mi viaje, es decir, mi lectura fuera como el viaje de Riba a Dublín: un encerrona, una huida, una necesidad, un acercamiento a Nueva York.
El editor, Riba, había requerido a Ricardo y a Javier para que lo acompañaran a un viaje a Dublín para celebrar el Bloomsday. Así que agarré el teléfono y llamé a Rafael y a Salvador. Sabía que no iban a desestimar mi invitación, ya que ellos eran dos lectores empedernidos de Vila-Matas y además de Joyce. Conspiradores de la lectura.
Quise preparar la visita para que hubiera una especie de guión y las conversaciones estuviesen sometidas a unas pautas determinadas. Unas directrices engañosas, en puridad.
Me interesaban algunos de los temas que habían ido apareciendo en el libro. Sin duda, el primero fue la teoría de la novela que piensa Riba en Lyon. Me parecía una exploración adecuada la de plantear una reflexión sobre una teoría de la novela al leer una novela en la que un personaje, un editor, muestra su teoría.
***
En cuanto llegaron a casa, a las cinco de la tarde, les informé de mis propósitos. Quería experimentar con la lectura colectiva de una obra literaria.
Les dejé claro que no me interesaba tanto la vertiente filológica que siempre desarrollamos en referencia a las obras que leemos y que nos apasiona a los tres, sino la conceptual, es decir, la propuesta teórica que sustenta el libro. Situarnos como escritores, situarnos como si nosotros fuésemos los escritores de la obra. Suplantar a Riba; a Vila-Matas. Dublinescos totales.
Después de invitarlos a un té –ya les expliqué por qué debíamos ser ingleses, caer en el otro lado-, les leí el pasaje en que Riba, durante su estancia en Lyon, había pensado una teoría de la novela: “Esos elementos que consideraba esenciales eran: intertextualidad; conexiones con la alta poesía; conciencia de un paisaje moral en ruinas; ligera superioridad del estilo sobre la trama; la escritura vista como un reloj que avanza”.
Todos llevábamos un cuaderno de notas y propuse que cada cual apuntara los puntos de esa teoría y que escribiese la primera sugerencia que les pasara por la cabeza. Yo anoté en mi moleskine:
1. Intertextualidad.
2. Conexiones con la (alta) poesía).
3. Conciencia de un paisaje moral en ruinas.
4. Ligera superioridad del estilo sobre la trama.
5. La escritura, un reloj que avanza”. Esa escritura nos llevó unos minutos.
Al cabo de un tiempo, nos miramos y nos hicimos cómplices de la ficción dublinesca. ¿Qué habrán escrito? -me pregunté al mirarlos de reojo.