jueves, 25 de marzo de 2010

Te observo rellenando unos papeles con la mísera caligrafía del absurdo. Escribes con la rapidez de los volcanes y lleno de rabia, de insatisfacción. Esta penitencia tamiza la realidad. Y la hace obsoleta, desgraciada. Aceptas, además, que lo más grave del asunto no es que tu conciencia se rebele contra esta actividad mezquina, sino que la mayoría de los implicados justifiquen sus vidas al son triste de esta tarea de óxido y vómito.

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Llegará el momento en que aceptes tu tentativa imposible de vivir en la plenitud. Porque para ello tienes que clarificar en el pensamiento cuál es el camino a la plenitud y si es necesario que alguien te acompañe.
Las palabras conducen a una emboscada en la que los hombres terminan siendo objetos demenciales. Palabras, palabras, huecos exiliados de la verdad.

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Quisiera hoy ser una hoja de acanto tallada en la piedra para poder contemplar la cadencia de los siglos. Quisiera ser hoy la rama desnuda de un árbol, y sentir el viento, el agua, la tierra húmeda. Quisiera convertirme en ave para volar sobre las marismas y beber en sus charcos y contener la tarde en el plumaje de mi pico mudo. Ser una ola para confundirme en el mar con la gracia de los astros; ser llama, ser canto, ser luz desprendida de la boca de un álamo. O ser sombra y ceniza, como lo soy ahora.

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El diario va creciendo con un ritmo incierto. Sus tentáculos se han extendido hasta no sé qué dirección. Tampoco conozco a las claras qué ando escribiendo, porque la escritura es la exploración del ser. Y eso es una tentativa inválida y una tarea cuyo resultado no se obtiene nunca en esta vida.
La sabiduría se extiende más allá del conocimiento. Observar un árbol es un ejercicio de conocimiento. Oler una planta o sentir el viento azotando la piel…cuestiones al natrual que no deben ser ajenas al hombre.