domingo, 7 de marzo de 2010

Uno mismo confiado.

Después de leer el opúsculo de Emerson titulado Confianza en uno mismo, penetra uno en una certeza desconocida hasta el momento. Entiende Emerson esta circunstancia como una revolución que lo trastoca y reordena todo desde la individualidad. Es el cauce más solemne y coherente para trazar una ética propia, insobornable, enquistada hasta los tuétanos en el individuo que consiga desasirse de la tradición, los prejuicios y las palabras cargadas de conceptos sociales. La divinidad entendida como el jalón necesario para que la voluntad y el deseo funcionen de continuo, para que la igualación a la que aspiran quienes rezan o meditan no sea la fusión sino la analogía. Dice Emerson: “Creer en tu propio pensamiento, creer en lo que consideras verdad para todos los hombres: en eso consiste el espíritu”.
De esta forma, aglutina Emerson el espíritu y el pensamiento: es éste el dador de espiritualidad. Y, precisamente, para poder desarrollar un pensamiento individual necesita uno de la reflexión entre las palabras y la realidad. Pienso que, en ese terreno, es donde se concentra el problema mayor del pensamiento y de la religión. En definitiva, de los hombres. Las palabras y las cosas, el juicio y las palabras, las palabras y la verdad.
En este sentido, la literatura es un atajo no siempre beneficioso para estos desequilibrios de la conciencia, ya que la realidad, en manos de la ficción, es poderosamente transformable. Y en la realidad se esconden la verdad o en la realidad se proyecta la verdad.
Con todo, los escritores deberán saber aunar la palabra con la realidad que menciona. La verosimilitud, el ajuste al concepto, la gracia del estilo en las lenguas. Ante todo, la gracia y el talento, ay, el talento que no proviene de ningún dios.

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No puedo dejar de nombrar las siguientes líneas de Emerson: “Deja que hable tu convicción latente, y ésta tendrá un significado universal, porque lo más recóndito de tu ser será, a su debido tiempo, lo que mayor alcance ha de tener;”.
La universalidad desde la individualidad. Y, todo ello, desde los materiales más insignificantes del hombre, desde lo más recóndito.
Sin duda, la literatura es un ejercicio recóndito. Llega uno a unas páginas en blanco, no atravesadas por ninguna sintaxis, ni siquiera arrugadas o húmedas por palabras delirantes. Escribe. Escribe con toda la fuerza de su individualidad, creyendo en ello como si la vida se volviera de repente en esa agitación; y descubre, al fin, el silencio de las palabras robadas. Sin darse cuenta ha dejado en su nombre, que poco importa, lo que mayor alcance tendrá, si es que lo tiene.

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El lamento del violonchello golpeando la tarde muerta. Trae en su garganta las denuncias desabridas del silencio. Trae, como del sueño, un meditar de larga caballera. Una simpleza olivácea, la sustantiva presencia de los triángulos en flor.
A él se suma la cadencia de una violeta, de una orquídea que reposa en el salón. El aire se enrarece y toma el matiz de la piedra. Alguien tañe un olvido y me siento su figuración.