martes, 16 de marzo de 2010

La espiralidad del diario

La espiralidad del diario. El escritor de diarios suele escribir en demasía sobre los mecanismos de la escritura de diarios. Es una de las formas que ha desarrollado en prosa la mayor capacidad de espiralidad, de uroboros, de autoreferencia que poseen estos escritos de perifewria, de género incierto. No hay diario en que el diarista no declare que tal o cual situación, que estas o aquellas palabras, las está escribiendo por algún motivo en su cuaderno; y que además no mencione, casi cada día, que hoy tiene poco que decir en su conducto literario con la soledad.
Están, igualmente, los diarios impostados. Aquellos escritos que se enfundan en la necedad de un hecho sin repercusión y que se escriben de fijo sin mayor entendimiento que el de la moda o el compromiso. De la misma forma que existen diarios secretos, que nadie nunca supo que existieron y que se publican una vez muerto el escritor. En esto, la variedad es lo común. Y es lo propio, diría yo, ya que si la vida misma carece de regularidad y de constantes, cómo la escritura quiere reflejar la vida de un hombre sin altibajos, sin contradicciones, sin paradojas. Ese es el mayor realismo en la literatura.

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Creo que se debe a que el diario permite siempre poseer la sensación de estar en un ensayo, de no estar escribiendo algo definitivo, de que nada queda inamovible en él. Ese carácter proteico hace que la escritura sea más limpia y clara, porque jamás creí en la libertad de la escritura. La escritura no es libre, es libre el pensamiento que la empuja.
Así, para que una realidad aspire a la libertad, debe haberse desposeído de ella, haber perdido la condición. Pero solo en la lengua la libertad es posible y sólo desde el individuo, desde el sujeto único.
Decía que el que mantiene un diario se sienta a escribir sin planes previos, sólo movido por un pulso que lo lleva a ejecutar una sintaxis o simplemente, como me ocurre la mayoría de las veces, porque aprende de las virtudes del trabajo diario y del método.
En esa escritura desligada de croquis ficcionales, opera la espontaneidad y la frescura con bastante más potencia. Un diario en que el autor quiera ir tejiendo un hilván, termina siendo una impostura, porque todos sabemos que la vida, los días que nos habitan, son distintos y son el mismo. Esa es la única idea que me hace escribir diariamente, el pensamiento que dicta ese día que el mismo y que es otro, porque nunca antes entendí que el hombre, a pesar del tiempo que parece perseguirlo, necesita de la palabra tanto como el agua.

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Llevo varios días sin leer y eso me fastidia incluso a la hora de escribir. No sé escribir sin haber leído, oh, caro diario..., sin haber leído no sé dejar el tatuaje en tu celulosa. Cuando digo leer me estoy refiriendo a leer a conciencia, una lectura total como suelo llamar a esos días en que el libro lo abarca todo, incluidos los mal llamados ratos libres. Ay, de aquel que declare que tiene un hueco o un rato libre. Tendré que dejar a un lado varios asuntos y ponerme a leer de inmediato. Aunuqe sea un capítulo de un diario en que se declare que en muchas vidas la ficción no está al servicio del hombre, sino que es el hombre el que está al servicio de la ficción.