domingo, 14 de marzo de 2010

Poéticas, poetas del bullicio.

Al poeta siempre se le exige una poética como si un escritor fuera capaz de mantener, durante su vida, las mismas convicnciones sobre la literatura. Y las poéticas no siempre están en concierto con la poesía que termina el poeta escribiendo. Me sucedió con Alberti, con Machado, con Mallarmé e, incluso, con Huidobro, por poner algunos ejemplos.
Al tiempo o de inmediato, los críticos interpretan al poeta de una determinada forma y así queda en el imaginario de los estudiantes a lo largo de varias décadas, hasta que, un hecho de gran importancia (la aparición de un documento inédito o un manuscrito, etc.) desbarata las posturas que se pretenden más idóneas, aunque las manidas características se perpetúen en los manuales. Los que tiene asegurada su vanagloria por afinidades ideológicas o económicas terminan apareciendo en los medios de comunicación más importantes y se convierten en escritores de referencia que, en cualquier caso, siempre serán solicitados para escribir ya sea de la muerte de un escritor ya sea para analizar el estado actual de la novela o ya sea para ponerse de ejemplo de escritor comprometido.
El algunas ocasiones, las editoriales quieren buscarse a su pequeño Mozart, al nuevo prodigio de la literatura que, con sus dieciocho años, escriba el libro que trae nuevos aires a la literatura ya putrefacta y de hechuras antiguas ya desgajada de la modernidad. ¡Incluso algunos escritores de fuste caen en estos cantos e sirena...! Y ese prodigio escribe en todos los rincones del grupo de poder que lo ha cazado y lo ha descubierto y lo ha creado, ya sea como columnista, como crítico literario o como degustador de la nueva cocina bulliciense.
O hay, incluso, quien gana premios de ensayo dejando en unas notas los cafés que se ha tomado con tal o cual escritor o las putadas que un novelista le hizo a otro por una tontería supina o las míseras aspiraciones de escritor frustado e incapaz. Todas estas, y más, son manías de la literatura actual, en mejor decir, de los mercantilistas que se valen de la literatura para ganar dinero. Ay, dios, …siempre son los mismos.
El primer sustantivo que escribí al comenzar este texto fue poeta. ¿Se dan cuenta?, ¡qué alejado, incluso en la sintaxis, queda el poeta de toda la cháchara y la palabrería que devienen de los poemas!

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Decía que al poeta se le exige siempre una poética. Eso sucede porque los lectores creen que un escritor, cuando comienza a escribir, sabe qué va a obtener como resultado y dónde va a llevar esa idea incipiente que sólo es intuición e hipótesis. Digámosle a un pintor, antes de que ejecute su primer brochado, "dime qué vas a hacer y qué significará lo que pintes".
Ni el mismo escritor conoce cómo va a concluir el poema que comienza. En muchos casos, pretende que su poesía sea clara, rítmica, apegada a ciertos temas y afincada a unas formas más o menos exploradas. Antes al contrario, comienza la erupción de los conceptos y son estos como animales desbocados difíciles de agarrar, como recuas intolerantemente numerosas que no se dejan echar la rienda. Ante esa circunstancia, al poeta sólo le queda escribir. Y cuando termina de escribir el libro y lo cree concluido, seguir escribiendo, aunque los caballos, las recuas y los látigos sean otros y distintos.

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Así que quizás se le puede exigir a un poeta una poética cuando su obra sea lo bastante amplía y rica como para poder trazar con ella ciertas tendencias, temas y conceptos que se han perpetuado en su universo verbal. Todo ejercicio anterior es pantomima, acaso intención, voluntad, sugerencia, que no es poco, es cierto. Sucede lo mismo con el amor. El amor de una vida no es aquel que se descubre y que se pienda para siempre, sino el que se confirma con el paso de los años y con la llegada de la muerte.