jueves, 4 de marzo de 2010

El rosa Tiepolo, de Calasso.

Leyendo El rosa Tiepolo, de Roberto Calasso, acabo de entender el universo por unos momentos. Ha ocurrido al leer pausadamente las palabras que cita de Leibniz. Lo he entendido como una confluencia infinita que aglutina todas las lenguas. El universo comprendidoo como una concatenación que puede leerse, que, a lo sumo, puede ser sometida a las leyes de las palabras. Leibniz utiliza el verbo leer para referirse a la importancia que poseen las mínimas sustancias de la realidad. Con ellas, alguien, un Dios, podría leer toda la concatenación de las cosas del universo. Me pregunto, ¿de qué naturaleza es ese demiurgo capaz de desentrañarnos?
Con estas palabras inaugura Calasso un libro desbordante, porque utiliza la figura de Tiepolo como una sinécdoque, como esas mínimas sustancias que forman parte inexcusable del entendimiento. Se fija, al principio, en la misteriosa serie de los Scherzi para determinar que Tiepolo “consiguió hacernos creer que en él no había pensamiento. Era una manera de defender ese pensamiento de los intrusos”. Fue en esas obras, alejadas de los encargos, en las que volcó todo su ingenio.
Con afirmaciones de este tipo, he llegado a pensar que quizás el mundo se reguarda de que los intrusos, los hombres, puedan llegar a definirlo, a interpretar esa concatenación misteriosa. Y que se conforma con relegarnos a la rebeldía, la insatisfacción, la ignorancia. El sufrimiento, en definitiva.
El propio Calasso señala cómo Tiepolo molestaba a sus coetáneos porque guardaba para sí más doctrina de la que mostraba. Manganelli afirmó: “Es un idólatra de la luz vestida de ser humano”.
Esa es la postura de los que se entregan a su creación, a saber, considerar su obra como una postura del alma.

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La realidad se desnuda gracias al silencio. No son las palabras los artificios de la composición poética, no ellas, las presentes, las que conforman los conceptos. Son las que no están las que hacen de la poesía un cauce, un pasaje secreto y luminoso que nos dirige hacia la concatenación de la realidad.

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Tiepolo. Tiepolo. Un pintor ajeno a mi vida. Su pintura, dice Calasso, encontró desde joven un juego que desarrolló imperturbablemente: "sumergir el mundo en una claridad difusa que nunca llegue a ser enjabelgada”.

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Vuelvo a Thomas Bernhard, a El aliento, pero la escasez de fuerzas y de lucidez me detiene en la lectura. Esta semana ha estado repleta de actividades que no me han dejado leer y escribir como hubiera deseado. Sin embargo, he visto a M.C. leyendo los cuentos de Primo Levi en italiano, Tutti i raconti, en una edición cuidada y bella.
Cuando la veo leyendo en otra lengua, comprendo que sus ojos establecen el orden de las mínimas presencias con que forma el infinito y me detengo a escondidas, y la miro, la contemplo, observo la luz tomando forma humana y envidio el libro que lee porque sus páginas están recibiendo la gracia y la inteligencia de sus ojos.