martes, 2 de marzo de 2010

El chamarilero levantó la cabeza con la sospecha de que la estampa iba a ser la de siempre: un señor coge unos libros sin conocer su valor, le pide precio por ellos y le parecen caros. Intenta un regateo sin éxito y de nuevo los libros a las cajas de frutas, donde han estado los últimos meses conviviendo con la humedad y el olvido.
Antes de que el gitano me comenzara a dar argumentos sin sustancia (este libro es de los buenos, joven, mire el papel, yo vendo género de primera, aunque no sepa…), cambié la estrategia. Le dije que quería esos libros, que pensaba llevármelos, pero que pagaría por ellos lo justo. Cuando el padre del gitano vio que yo me llevé demasiado tiempo camelando al joven vendedor, se acercó con la intención de intimidarme, -pensaba que él, ya mayor-, y de que iba a establecer los turnos de la compra. Sin embargo, esa mañana, estaba uno encrespado, socarrón, pícaro, tomado por una valentía inusual o quizás contagiado por la agudeza y el arte de ingenio que escuchaba a cada paso o por sentirme como un personaje, como un gañán, que pretende hacerse con un botín del que sentirse orgulloso, del que sentirse, cuando llegue a casa, satisfecho, no sólo por la compra de libros, sino por sus argumentaciones demoledoras, por el ceño fruncido, por el rictus impávido, por el tono de voz enrarecido que hicieron que la caza fuera caza mayor. Y esas circunstancias, repito, hay que aprovecharlas, porque se deslengua uno con más facilidad y así los logros se hacen más inmediatos y verdaderos, como esos personajes de Cervantes que parecen sometidos a todos las costuras de la ingravidez.
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Los libros, es cierto, tampoco eran un tesoro con el que uno fuera a perder la cabeza ni a ponerlos de exposición en una librería decente. Poco más que una edición de Pío Baroja, Los caminos del mundo, editada en Renacimiento, en 1914. Otra de Azorín, de 1921, en Caro Raggio, titulada Los dos luises y otros ensayos. El otro volumen, que más me interesó, fue la edición de Rivadeneira de las obras de Quevedo en una edición de 1852.
Estos libros, entre otros, fueron los que hicieron acto de presencia.. Recuerdo una primera edición de Madrid, de Corte a Checa, de Agustín de Foxá; u otra de Abril, de Luis Rosales. Incluso pensé en Trapiello cuando pude leer algunos fragmentos en la primera edición de unos libros de Solana, La España negra.
De la misma forma que agarré los tres tomos de la traducción de Cansinos de Las mil y unas noches y ciertos números del ABC de la época de la Guerra Civil. En definitiva, el paseo por la plaza de Cascorro y los aledaños fue animada. Luego, por la tarde, en Moyano, poco asunto. Restos de ediciones la mayoría del producto. Sólo en un par de casetas encontré algo notable. ¿El qué? Qué más da.

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Observa uno los libros en la caja o desparramados por el suelo creyéndose que en cualquier momento puede abrir una edición prínceps de un autor admirado y valioso. Al tiempo que abre un manual de ortopedia o de náutica o de acero fundido, las ilusiones se desvanecen y se desmayan en nuestras manos. Pocas sensaciones más hermosas que la incertidumbre de abrir un libro desgastado, con los lomos fatigados, las páginas con un rotundo amarillo aterciopelado, sobre todo cuando está en manos de un vendedor que parece que poco sabe del asunto. En esas, siempre hay un buscador solícito, con un olfato más agudo y adiestrado, que se adelanta a todos las intentonas. Abre y cierra con una rapidez asombrosa los libros y a mí sólo me cabe reventar de envidia, porque los libros para él son como las acedías en Sanlúcar, en sus lomos se vislumbra la importancia. Coincidí con él en varios puestos y pude comprobar que no compró ni un solo libro, pero también que los libreros le rendían cierto respeto. Aprendí de sus movimientos, pero tengo por seguro que en este caso, la rapidez y la decisión eran fruto del hábito. Cuando yo agarre los libros se quedó mirándome y comenzó a reír. Creo que se vio, con mi edad, atiborrado de contradicciones, con los torpes criterios que otorga la frescura de la ilusión.