domingo, 28 de marzo de 2010

Dublinesca -IV-.

JUNIO

Después de varias horas leyendo en grupo, decidimos que llegaba el momento de aislarse en la lectura. Observé cómo Rafael y Salvador se iban de casa aunque aún quedaran en mi cabeza sus sabias palabras, sus consejos, sus comentarios. Para mí son como dos cazadores expertos que avisan y aconsejan de las artimañas de las aves que saben que van a ser cazadas. Pero quedan sus avisos, sus guiños, sus gestos en silencio, la complicidad. Estos lectores tan finos, ya en extinción, lectores omnívoros y omnímodos, se han hecho indispensables para que mis lecturas logren convertirse en ejercicios de estilo literario. A veces pienso que son fantasmagorías de la memeoria y el deseo que me visitan y que la tomo por reales, tan reales.
Pienso que hay un estilo en la lectura y que el lector debe ir procurando, como un buen escritor, elevar el estilo hasta hacerlo personal. Cuando eso sucede, cuando se acoplan el estilo de la escritura con el de la lectura, se produce el milagro de la armonía verbal, aquella en la que se confunden, entre las letras, la presencia humana.
Estos dos individuos, decía, tienden a desaparecer cuando están leyendo, lo hacen por el arte del estilo en la lectura. Nada de ellos se dice, ni se vanaglorian de haber hallado tal o cual referencia, esta o aquella palabra que deja ver qué obra ha influido. Estos descubrimientos velados en la lectura los ven como un trabajo necesario, como un deber inexcusable. Nada de eso se produce con estos lectores. Nada de eso. Sólo la fundición del lector en la palabra. Y el baile de la lectura, el baile armónico de los estilos.
Cuando pienso en todas estas disquisiciones, recuerdo unas palabras de Dublinesca:
“¿Cuál es la lógica entre las cosas? Realmente ninguna. Somos nosotros los que buscamos una entre un segmento y otro de vida.”

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En Italia, atravesar un puente es una travesía del horizonte. Porque se adhiere uno a la piedra que nos aguarda al otro lado en forma de palacio o de plaza renacentista. En Italia, los puentes no nos hacen reflexionar, ni sentir las ciudades al completo, aunque sí soñar con el tiempo agolpado en sus calles. Son arterias que nos conducen a los órganos vitales de las ciudades, pero no a su contemplación exterior.
En París los puentes son el rumor del agua, y ayudan a que la ciudad se pueda atravesar de un barrio a otro y se pueda leer, con Cortázar, y se pueda demediar, justo en la medianera postura del río. En un café de París puede uno proyectar un puente, un puente metálico enorme que haga posible escuchar a Camus o Sartre susurrando no se sabe qué idea.
Por el contrario, el puente de Brooklyn permite contemplar la ciudad y sentirla. Y eso le sucede a Riba, Samuel Riba. Y su paseo fue nuestro durante la lectura. Y por eso lo escribo, para unirme a sus pasos.
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La aspiración del lector debe ser siempre desaparecer.