martes, 23 de marzo de 2010

Dublinesca III. Recuerdo nocturno.

Spider, un personaje de una película de Cronenberg, citado en Dublinesca, se convierte en un alter ego de Samuel Riba, claro, el cine se ha convertido en otro paradigma de referencias en este libro de Vila-Matas, -medito, pienso en silencio.
Hemos decidido que habrá pasajes que serán leídos en silencio. Cada cual elegirá el tiempo, el ritmo, las anotaciones idóneas para el comentario en alto.
Le digo a Rafael, -que me escucha atento-, en algunas páginas, el narrador recuerda un comentario de otra película, Il deserto rosso, de Antonioni, y comienza una reflexión que no tiene desperdicio: “Spider, que anda tan perdido por la vida, no sabe que podría imitarle y reconstruir su personalidad adaptando los recuerdos de otras personas, podría convertirse en John Vincent Moon, un héroe de Borges, por ejemplo, o en un conglomerado de citas literarias; podría pasar a ser un enclave mental donde pudieran cobijarse y convivir varias personalidades, y lograr así, quizá sin tan siquiera demasiado esfuerzo, configurar una voz estrictamente individual, soporte ambiguo de un perfil heterónimo y nómada…”. Eso es, -dice Rafael-, alguien que nos esté escuchando pensará que estamos perpetrando una película o una novela o incluso un asesinato.
¡Sí! -exclamé-, ¡el asesinato de la vida en manos de la ficción!

Cuando termino de leer me encuentro con el absurdo. ¿Todo esto para qué? ¿Qué buscamos con esta lectura, con estas glosas orales? Justo cuando termino de entonar estas palabras, Salvador comienza con su lectura de Ulysses, de Joyce. Lo hace salmódicamente. Nos lee un pasaje del capítulo seis del libro. Lo vuelve a leer ante nuestra reacción. ¿No os dáis cuenta, amigos?, -dice Salvador. No se puede leer Dublinesca sin haber leído a Joyce, como no se puede leer París no se acaba nunca, sin antes haber pasado por Hemingway, ni se puede haber leído a El Doctor Pasavento sin haber leído a Walser o a Kafka…

Sí, -me explico en voz alta-, ya lo sabíamos. Por eso nos fascina esta literatura, porque si hay algo que no acaba con Vila-Matas es la literatura misma y el acto de leer.

***
M.C. lleva varios días en Roma. Al comienzo de su viaje, comencé a escribir una serie de melancólicas notas. Las abandoné de inmediato cuando me di cuenta que la literatura no puede ser en todo, no podemos consentir que lo habite todo. Así que busqué el silencio y guardé los rescoldos de la ausencia.
Hoy escribo motivado por una reflexión aledaña. Ella tendrá el recuerdo de Roma con mi ausencia y creo que esa circunstancia es aún más humana. Porque el hombre en el recuerdo es mera fantasmagoría, mera insinuación a pesar de las fotos que sustraigan algún atisbo del recuerdo. Las fotos son trampantojos, a fin de cuentas, que sólo muestran unos colores y unas formas que quieren representarnos.
Al hablar con ella, me ha contado sus paseos por las plazas, los recorridos por los que ha transitado y, de inmediato, la he recordado como si estuviese oculta en aquella ciudad en que la luz se baña en piedra de siglos. La he traído a la memoria sola, observando, como suele hacer, con toda la inquietud posible. Al final de la escalera, en la plaza de España, hay un sueño. Tiene la forma de unas manos que escriben. Cuando ella se acerca, me vuelvo. Allí estamos, contemplando el capitel de la noche.