lunes, 15 de marzo de 2010

Cuando la tarde abre las alas.

Cuando la tarde comienza a abrir sus alas, debe uno decidir a qué va entregar las valiosas horas que le quedan por delante. Ahí están, como salpullidos, los exámenes para que sean corregidos. Ahí los trabajos de bricolaje que siempre se posponen para un día más adecuado. La limpieza de la casa, ay, la incesante limpieza de la mugre que camufla el diógenes de libros, papeles y de lápices (esa es una manía, la acumulación de lápices) y las tareas de última hora.
Entre todas estas obligaciones y otras, que no se mencionan por pudor, está la lectura de un libro escogido por la propia voluntad. No me gustaría verme en una situación en que las lecturas estuvieran escogidas por motivos ajenos a mi propia elección. Ese es uno de los motivos por los que me aparté en su momento del mundo académico de la Filología. No me interesa la especialización y cada vez que lee uno más libros y autores más disímiles, más géneros y literaturas de otros países, se da cuenta de que la especialización es el embudo del conocimiento y, además, uno de los males que ha empolillado la cultura europea. Ya no hace falta haber leído nada para poder enseñar o para poder construir un juicio crítico y personal. La gente utiliza los que escucha en la televisión o en la radio o en la prensa o en un bar. Y los dan al aire como si fueran sistemas cerrados de pensamientos, como si acabaran de salir de la boca de Montaigne.
Alguien, por la mañana, que ha ido escuchando una emisora durante el trayecto en cohe al trabajo, te suelta un exordio, completísimo, sobre la situación más peregrina que no te puedas imaginar. El compañero, ante tu sorpresa, se siente poseedor de una información y un conocimiento superior. Y, alegremente, lo olvida, sin asimilarlo ni enjuiciarlo.
Decía al comienzo que debe escoger o, al menos, terciar uno los tiempos que va a dedicar sobre tal o cual tarea. Indudablemente, tengo por preferentes la lectura y la escritura. Y debo decir que la escritura le ha ido ganado tiempo a la lectura hasta el punto de eclipsarla las más de las veces.
Es lo que sucede con un diario, el compromiso se hace latido de la tarde. Tan contrario al impulso poético, que sólo asoma de vez en cuando y no siempre cargado de claridad.

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Si he aprendido algo desde que tengo conciencia de mis lecturas y desde que opté por dedicarme a la enseñanza de la lengua y la literatura, es que si no leo no escribo. Y cada vez con más empuje, me siento extraño en mi profesión. Los que se dedican a articular las leyes y a establecer lo que hay que enseñar de literatura, no conocen la literatura. Y así trasiega hasta que los profesores comienzan a creerse la historieta. Sucede entonces el extrañamiento y las confusiones con los compañeros y la mezcla de churras y merinas. Porque la literatura, en la enseñanza, ha quedado lo que en la sociedad. Me decía un profesor de música que él nunca imagina enseñando música con una canción de uno de los zotes que aparecen en los medios. Algo parecido nos sucede con los libros.
Escribo todo esto porque nunca se me olvidaron aquellas prodigiosas páginas de Curtius en las que habla del tópico del mundo al revés. Creo que estamos justamente en ese tópico social. Porque, la literatura es una realidad a la que se quiere llegar por atajos que, más que acortar el camino, lo que hacen es extraviar a la postre.