martes, 9 de marzo de 2010

Pensaba estar toda la tarde sometido a una tortura laboral, pero decidí, a última hora, volver a casa. Necesitaba estar junto a M.C. De la luz de la mañana, de la incipiente luz que me sorprendió en mitad de las lomas y las aguas en el campo, de la claridad que reptaba por los trigales, entendí que el amor tiene otras aritméticas.
Además, poco he leído esta tarde, ya que a veces, el lector siente la iracundia del absurdo, la inestable certeza de que tantas horas y páginas quedan en nada. He repasado algunos poemas que voy escribiendo con la humedad de las tardes. Algunas notas que terminan en este diario, garabateos de distinto pelaje. Minucias, a decir verdad, las miserias de siempre. En todo caso, la sensación que me invade es la de estar viviendo la vida de un desconocido y de que es otra la voluntad que va guiando este compromiso diario. Incluido el trabajo en la mañana, qué revuelta de conciencia más enorme.
No sé hasta cuándo durará esta cháchara inventada, este soliloquio de canela en remojo.
No sé. Tampoco sé a dónde conducen estas palabras, tantas; estas ideas sueltas, demasiadas; tampoco, si no ha llegado el momento de cerrar este monólogo o si debo comenzar, como Tiepolo, a crear un teatro del mundo en que nada parezca lo que es, a cifrar los rostros, la sílabas, y todo evidencia de su encarnadura. A escondidas, en secreto, pero a la luz de todos.

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Estas lecturas, este tipo de libros en que el autor lo vuelca todo sin sostenes ni amarres de ningún tipo… me fascinan. Es más, desearía escribirlos, desearía escribir uno de estos capítulo de El rosa Tiepolo o de El infinito viajar, de Magris, o de los Diarios, de Kafka. De cualquiera de ellos, de cualquier página. Me conformaría con tener, por unos momentos sólo, por unos minutos insoslayables, el modo de ver de estos escritores, la realidad entendida desde sus vidas. Ese sería el prodigio como humano, contemplar desde la conciencia de otro, porque la lectura no es más que un ejercicio de segunda mano.