lunes, 8 de marzo de 2010

En otra luz.

Pintar el mundo como si fuera un teatro. Un teatro en que los personajes que realizan las acciones no son los más importantes: los guardados, las sombras las eclipsan. Un teatro con telones interrumpidos. El prodigio inherente a las pinturas de Tiepolo, como recuerda Calasso, está en su accidentalidad, es decir, en la puesta en escena: “Todo parece como puesto en escena, liberado de su existencia accidental u ocasional y transportado a otro lugar, donde los mismos acontecimientos o movimientos seguirán su curso sin modificación alguna, pero bajo otra luz”. Para ello Calasso utilizaba la palabra maya que, en los textos védicos, viene a decir textura del mundo.
No encuentro una forma mejor para definir la pintura como esa textura de la realidad, como esa inmanente sustancia que, a su lado, se confunde, mejora, convierte en ilusorio el mundo.
Quería Gil de Biedma convertirse en palabra, en poema y dejarse al viento y desaparecerse. Con esta misma intención, las metamorfosis de Ovidio giran en torno a la transformación en un solo elemento de la naturaleza. Así Dafne, así Narciso. Dice Calasso: “Para un pintor, quizás el destino más agradable sea y el más justo sea convertirse en un color”. Tras estas palabras, el autor traza las relaciones entre la obra de Marcel Proust y la del pintor. Y yo enmudezco, arropado por un batín color rosa Tiepolo, imaginaria capa, de texturas imposibles, tanto como las palabras que no encuentro para pronunciar esta emoción.

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A la desenvoltura con el pincel de Tiepolo, añade Calasso la misma versatilidad en la concepción de la pintura. A vueltas con el concepto.
En muchas ocasiones no he tenido más remedio que escribir en este diario acerca de la importancia axial del concepto en las artes.
Pensé, durante unos años, que en la palabra, en el color, estaban condensadas las expresiones, que sólo era necesario llegar a manejar el verbo o el color, dependiendo de las artes. Es innegable que la técnica, la forma artística en que se desarrolla la obra es el resultado que se analiza y del que se parte en los análisis. No podemos interpretar una obra que sólo está pensada en la cabeza del escritor. Es, pues, la obra literaria o pictórica un resultado formal y como tal la forma es determinante.
Sin embargo, hay un elemento que de un tiempo a esta parte me ha enseñado a que la estética está jalonada por una ética artística. Juan Ramón Jiménez es el mejor ejemplo de esto que escribo. Sólo los que han atendido al trasiego del concepto y las formas artísticas, los que han conciliado y hermanado los dos afluentes que producen la obra, han sabido evadirse del tiempo, han elaborado un poema, un libro o un cuadro fuera de todo anclaje temporal. Conseguir eso es un trabajo del que jamás tendremos conciencia mientras vivamos, aunque nos quede, con Emerson, la fe en uno mismo.


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Ya puede leerse el primer número de Isla de Siltolá -Revista de Poesía-. En ella, aparecen poemas de Luis Alberto de Cuenca, Juan Bonilla, Felipe Benítez Reyes, Miguel D´ors o Juan Antonio González Romano, entre otros. A su vez, un puñado de textos en relación a la poesía complementan el número. Así, de la mano de Aquilino Duque, José Mateos o Enrique García-Máiquez podremos adentraranos en distintas concepciones de lo poético. El cuidado y el esmero en la edición se mantienen en esta nueva vereda que inicia Isla de Siltolá. Así como el empuje y el entusiasmo de Javier Sánchez Menéndez.