miércoles, 10 de marzo de 2010

La conversación con un poeta siempre es un ejercicio de clarividencia. Autores, versos, citas, lecturas que se ofrecen como heroicidades cotidianas que jamás fueron relatadas y que sabes que no formarán parte de un diálogo a no ser que encuentres al interlocutor idóneo. Palbras, todas que quedarán en el aullido del silencio, cuando todos hayan abandonado el lugar en que estuvimos hablando, plácidamente, y las palabras no queden más que como sonidos de cualquier sinrazón. Apreciaciones sobre conceptos hasta el momento inefables, por que el poeta guarda para sí sus más íntimas minucias.
Esta tarde, por ejemplo, he tenido un encuentro muy agradable y fructífero con el poeta J.M., aquí, en Jerez. Hemos hablado de poesía y creo que hemos mantenido una charla decente, porque los dos consideramos esta tarea con la solemnidad que se merece, ni pompas ni oropeles, ni chácharas vacuas ni compromiso de paso, sólo el templado ejercicio de la dialéctica sobre la poesía como un método de conocimiento de la realidad, como un cauce con sus propios mecanismos de exploración, como un responso para las palabras manidas.
Hemos hablado del equilibrio, tan complicado, que el poema debe sostener. Y del prodigio de la poesía de J.R.J. Y de Ramón Gaya y de tantos otros.
Amparado en mis sospechas como lector, le he preguntado por un puñado de autores con los que mantiene amistad. El poeta, comedido, pero sincero como un almendro en flor, ha dejado entrever alguna curiosidad de autores admirados por mí. Aunque, si algo debe extraerse de estas citas, son las horas en las que, pasado el encuentro, se somete uno a los perjuicios de las palabras dichas sin conciencia.
Estas son esas horas de relamido desencuentro con uno mismo: me observo en el bar, tomando una tónica con la figura de un indecente lector que cree que pertenece a la casta de los poetas. Sin escuchar lo debido, sin atender a las palabras del otro como hubiera sido necesario.


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Llega a decir uno afirmaciones o sentencias en ciertos momentos en los que no cree oportuno hablar con lentitud y con la pausa necesaria o se las dice a alguien inoportuno, que no era el mejor destinatario de esos asertos. Incluso, en ocasiones, las palabras llegan a invadir la concentración en el discurso mantenido y se desvían solas, se extravían por otros derroteros sobre los que nunca quisiste pronunciarte. En esos casos, ocurre, horas después, un proceso kafkiano de repliegue, es decir, siento la necesidad de replegar el tiempo para poder sacar esas palabras de los momentos en que fueron dichas, por inapropiadas, por ignorantes y torpes. Todos esos marros, evidenciados a posteriori, forman parte de las ruinas con las que construimos el diario: ruinosas piedras de arcilla que se deshacen al calor de la maleza del tiempo.

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Me detengo en un par de pinturas de Rafael Sanzio y en otras tantas de Rubens. Son pintores distintos, bien desiguales. Pero sucede en ellos como en las conversaciones verdaderas, se percibe un elemento, una composición general que las hace admirables y que provoca, por supuesto, que todos (o casi) estén de acuerdos en sus aciertos, en sus genialidades. Llevo horas admirando la fuerza conceptual de El Parnaso. No creo que el ritmo en la pintura sea una cuestión del color, del dibujo, de los ángulos, sino del concepto. Así lo creo para la poesía, igualmente. Y así lo digo, a pesar de que no tenga por delante a ningún interlocutor y de que estas palabras vayan a terminar arrinconadas en estas páginas, carne de diario.