miércoles, 28 de abril de 2010

Hasta bien entrado el siglo XIX, la poesía fue adquiriendo la capacidad de replegarse al individuo o, en mejor decir, el individuo se plegó a la dimensión poética. Sobtre todo, porque volcó en la poesía, no sólo la aspiración estética del momento, sino la virtud ética y del pensamiento.
Toda vez que se situó en el volcánico epicentro del hombre, comenzó a enturbiarse con el magma de la conciencia plena a través del individuo. Esta comunión, que tan buenos resultados ofreció a finales del siglo XIX y principios del XX, ha terminado por convertirse en una festividad de las vanidades.

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¿No será un diario la prostitución del escritor? ¿No será este cuaderno el lupanar en que distraigo las palabras más innecesarias que diré en mivida?

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El pasado en la poesía es edad venidera. Está a la espera, al final de los ciclos. Ella es inicio y estación, revuelta y merodeo.


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Las tardes que se presentan con esta calima despiertan mis recuerdos de verano. El verano, en una ciudad costera, se convierte en un espacio dilatado, en una sucesión perenne de juegos y labranzas. Nunca saldrán la arena y el mar de mi memoria como nunca dejarán de ser mías estas manos y estos ojos.

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Comienza uno a leer un libro a la espera de que le ofrezca algunos párrafos sabrosos, cargados de conocimiento o de estilo literario o de reflexiones agudas para avivar estas ascuas de lo cotidiano. Al cabo del tiempo, comprende que los prejuicios en la lectura, como en la mayoría de las actuaciones, no son convenientes. Parece que la prosa tiene la capacidad de ir venciendo al lector y de llevarlo a una profundidad donde el juicio pierde claridad.
Con la poesía ocurre todo lo contrario. No hay más que leer un poema, que en realidad, puede ocupar tres o cuatro oraciones, cinco o seis versos, para que el lector comience a aposentarse en la lectura o que lance el libro al cajón del chance. Aunque, bien es cierto, que no pocas veces, algunos poetas han ido creciendo a la par que uno crece como lector. Porque las cualidades del lector se van configurando y su olfato y su postura van amoldándose a sus razones que, por cierto, son cambiantes y esenciadas.