martes, 20 de abril de 2010


Las páginas de Historia de la belleza, de Umberto Eco, (Lumen, 2008) parecen surgidas de una cadencia antigua. Poseen las propiedades del conocimiento bien configurado, de la mente humana que sabe aunar la razón y el espíritu. Paso una página y me encuentrotro con el dibujo soberbio de Agnolo Bronzino, concretamente su Alegoría de Venus (1545). Me detengo a observar la mano que agarra un pezón entre sus dedos, esa mano blanquecina y noble, sin caladuras ni estropicios por el trabajo artesanal, esa mano híbrida de humanidad y angélicas presencias. Y en la otra, que sostiene la cabeza reclinada. Es sólo el comienzo. A continuación, lel análisis de la belleza circula de Gauguin al calendario Pirelli. Ahí termina la introducción y el pasmo.
El conocimiento del mundo para los occidentales comienza en Grecia. He ahí la belleza en el ideal de la antigua Grecia. El texto de Eco trenza con solvencia las relaciones entre verdad y belleza y propone, por lo demás, algunos fragmentos señeros al respecto. De esta forma, el libro se nutre de imágenes imprescindibles, textos y referencias en todas las disciplinas que han ido rindiendo cuenta de la belleza como concepto. Al pasar la página, me detengo en la aclaración que aporta el autor en relación al término griego kalón. Hasta que llego a Laocoonte y atestiguo cómo el dolor no es más que una curvatura del alma y una forma del mármol.

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Cada poeta
es un destello intruso
en el lenguaje.

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Canto del pájaro.
Muere el horizonte.
Luz de la tierra.

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Con la belleza,
ni el mundo, el hombre, nada.
Solo el silencio.

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La tarde va declinándose por algunas franjas de la luz que desconocía. He pensado en la conjunción que se produce al escribir un poema: vetas de lo ausente.
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La poesía es revelación y mudez, estrategia de la razón para desasirse de sus artificos. No siempre estuvo el arte en la belleza, ni los hombres buscaron la verdad del día, de los cielos, de la noche en sus sílabas ígneas. Su antigüedad es chamánica, su presencia es la viva imagen del pasado. El hombre, el poeta, un desafío a la arcádica palabra inmutable.