lunes, 26 de abril de 2010

Todo el día trabajando en un poema. En unos versos. En unas palabras. Pensamiento indefenso y paupérrimo. ¿Quién vende prótesis al alma?


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Después de un centenar de páginas del libro de Umberto Eco, sigo halagándolo. Sus enseñanzas, siempre bien articuladas, rasgan en la conciencia. Porque libros como este es un devaneo por la conciencia histórica, por el hombre que fuimos y que sometemos al continuo paso del pensamiento.


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Espigo de las páginas de El ruido eterno, de Alex Ross, (Seix Barral, 2009) algunos datos y los arropo como si fuera un niño que acaba de encontrar un nuevo compañero de juego. Es un libro que versa sobre la música en el siglo XX, aunque, después de haber leído un puñado de páginas, puedo afirmar que es, más bien, un libro sobre la historia del siglo XX y la música. Porque en estas páginas se entrecruzan escritores con músicos, pintores y artistas de todo pelaje. Así como políticos y majaderos que llegaron a convertirse en dictadores.
De todos los pasajes del siglo XX, del histriónico siglo de las guerras y los desquiciados, de las aversiones y la tecnología, la música fue índice y revolución. Jamás se replegó a una ideología, jamás fue poseída, jamás.

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Después de la poesía y la música, ¿qué palabra resta en un diario? En un diario queda la oculta vanidad, la egolatría exasperada, la insuficiencia, tal vez. A lo mejor, el relato verdadero de una vida o la secuencia momentánea de una obra. En cualquier caso, sentimientos que algunos con los que mantenemos cierta amistad, jamás conocerán.
Por ejemplo, ¿supo la mujer de Márai del beato fervor que su marido le profesaba, lo supo? ¿Los compañeros de Kafka, sabían de sus pensamientos en solitario, de sus manías cotidianas, de sus elucubraciones personales? ¿Y de Van Gogh, qué supo el hermano, sólo la vida que se encierran en las cartas? ¿Y de mí, qué estoy dejando en este puñado de folios desfigurados?
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Conjunción de la tarde. Palabra. Memoria. belleza. Y el ruido eterno...