martes, 24 de agosto de 2010

Comprender la realidad es apenas un ejercicio del intelecto. Sus cauces son los mismos que los que conducen al conocimiento de cualquier otro sistema instaurado, ya sea la literatura o la ciencia. Comprender la realidad es como saber de literatura. Sin embargo, uno de los innumerables secretos que nos guarda la luz, el vuelo de un pájaro o la elegante disposición de una plaza funda sus virtudes en ser la realidad. No hay que entenderla, ni comprenderla ni siquiera contemplarla para ser la realidad misma. Y esa aspiración es el único cauce necesario para el escritor.

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La diferencia entre los que conocen muy bien la literatura y los que son literatura es tan evidente como las distancias que hay entre sus verbos.

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Después de algunos años, he comprobado que el viaje es una forma plena para llegar a ser. En el viaje distendido, sin fechas de entradas. Hay en el viaje un sentir inmóvil rabiosamente expresivo muy difícil de trasladar a la literatura sin que resuenen sus herrajes y artificios. Ahora, por ejemplo, que estoy sentado delante de la Biblioteca Marciana, en Venecia, una paloma acaba de posarse en un barandal. Sus plumas son verdosas, podría decirse que son algas enquistadas. De pronto, comienza su vuelo de estudio y aritmética en la plaza. Nadie se percata de ello, pero es tan evidente que la plaza misma la que vuela con ella. Es el vuelo del ser.

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Anhelo dejar de ser artista para ser creador; anhelo el silencio y la naturalidad de la creación por los ambages huecos y parlantes del artificio. Deseo el poder humilde de la creación y no los fastos moribundos del artista moderno; anhelo un verso de San Juan, una línea clarividente de Cervantes ante la mojigata presencia de lo efímero. Lo natural, lo huido quieto, lo que está siendo constantemente frente a lo fugitivo, lo pasajero, lo que se carga de ideas hueras.

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No quiero alardes ni orgullos, explicaciones innecesarias, palabras de sobra sobre la creación. Quiero ser un vasallo del ser. Sin más estridencias que las necesarias