viernes, 27 de agosto de 2010

Hay anotaciones, líneas, palabras que llegan como ráfagas imprecisas. No hay más remedio que anotarlas con la mejor condescendencia. Otras son bastardas impresiones de lo cotidiano que no merecen siquiera ser atendidas ni mejoradas. Sin embargo, en un diario, al cabo de un tiempo, compruebas que hay anotaciones que recogen en realidad otros días que no son estos, otras noches que se desvelan solas como náyades. Anotaciones que son válidas para siempre, qué son, en definitiva y por conclusión, sin más ni más. Son, ellas, traviesas, como esas noches en que me ataca el asma y me deja moribundo, en que la asfixia es real en los pulmnes y solo me deja al ritmo de la respiración dificultosa. Es, en esos momentos de invasión, en los que me observo más humano, más plebeyo con la literatura, más miserable. Porque la literatura es ese ataque irreprimible de asma, de asfixia que necesita de la urgente manía de la palabra, sea la que sea, la que brote limpia, la que surja macarra, la que diga, por poco tiempo, quién latía detrás de ellas, aunque el que lata sea nadie. En su perennidad seremos e eco de las sombras.

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Estas dos noches han pesado como metales plutonianos, como excrecencias invariables. Durante la asfixia, he leído a Proust como un cosaco, a riesgo de caer muerto. Nunca lo he vivido con mayor plenitud, con mayor osadía. Luego he ido a Thomas Bernhard. ¿Qué hay en estos escritores asmáticos y enfermos; que se traslada a su estilo?

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Estoy perdido, sin lectura no hay literatura.