martes, 17 de agosto de 2010

M. siempre recuerda, en los regresos, las palabras de García Márquez sobre el alma y el cuerpo. Lo hace como un bálsamo que va moldeando el enigma de la huida. Porque huimos, huimos sin cesar de nosotros mismos no porque estemos sobrecogidos por algún terror o por alguna amenaza que nos atraviesa como animalillos heridos sin porque el derecho a la huida es el derecho al conocimiento; todo ejercicio de comprensión necesita de un espacio que se recoge en sí mismo, en unos límites, sean estos calles o gente, bosques o mares.
Ese es el problema del arte, en definitiva, el problema de nuestra naturaleza cuando se hace estética, conducir lo infinito con medios finitos. Paul Valéry situaba en esta imposibilidad la realidad del artista y desde que la leí en sus Cuadernos no he dejado de reparar en esas palabras. Una y otra vez, una y otra vez.


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He perdido la poca fe que tenía en el ser humano. No lo considero el merecedor de este mundo. Ni sus actuaciones, ni sus pensamientos, mucho menos su chabacanería, que es hiel de iracundia y madrugada. La belleza natural no es obra suya.
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Sostengo en la mano un puñado de nueces que voy comiendo poco a poco, acompañado de una copa de ginebra. Realizo el ejercicio con mesura, destripando la nuez en la boca. Sus pellejos, su textura lítica y frágil. Su fragancia desnuda y de suaves perfiles. Cuando termino con ellas recojo de la mesa el vaso de ginebra (en verano sólo puedo beber ginebra, es una costumbre antigua). Paladeo la esencia de frutos, la mixtura en la elaboración. Al segundo trago, abro las páginas de la Vida del doctor Johnson escrita por James Boswell, en la edición de El Acantilado, edición que me ha acompañado a Londres estos días. El frescor y la humedad acompañan e invitan a la lectura. La memoria me va convirtiendo en otro, me voy haciendo otro, pues todavía mis pasos resuenan por Baker Street.