martes, 10 de agosto de 2010

Discutía con J. la influencia que ejercerán o que están ejerciendo los nuevos formatos que ha traído la tecnología, tales como una bitácora, en la escritura. Hablábamos durante un almuerzo en Florencia, muy cerca de la Plaza de la Santa Cruz, donde se rige una estatua a Dante. Él piensa que nos encontramos en una época de transición tal y como sucedió a los escritores que testimoniaron la aparición de la imprenta. Un tiempo intermedio en que todo son tentativas, jugueteos y demás variantes porque aún no se conoce si un escritor terminará por escribir pensando en el formato en que se encauzará su obra.
Frente a esa postura, siempre argumentada por el conocimiento de la imprenta y el libro antiguo en parangón, intentaba mantenerme como un apocalíptico de Umberto Eco, un apocalíptico más bien integrado. Porque no concibo aún una escritura pensada en el modo de transmisión, en una escritura que se aleje de la escritura misma. Esto no quiere decir más que no contemplo aún la posibilidad de crear ad hoc en relación a la tecnología, sobre todo porque cada vez estoy más convencido de una cuestión: la literatura y ninguna de las artes fueron democráticas nunca y una bitácora o una red social o cualesquiera de esas manifestaciones actuales no son más que estertores de las relaciones humanas, transmitidas por escrito, eso sí, pero sin aspiraciones literarias ninguna en su mayoría. su función es comunicativa y eso es solo una parte de la función de la literatura.
Con esta postura he pensado que lo mejor sería seguir escribiendo a escondidas, a mano, sin mediaciones tecnológicas, sin ninguna otra tramoya que perturbe la esencia. Y, en el caso de que esa construcción sea imposible, debido a mis torpezas y desmanes, volver a la bitácora, al canto público y digital. Pero, ¿será esto lo adecuado o es que J. era un profeta que no comprendí y me describió?
De cualquier forma, los nuevos derroteros irán surgiendo a su tiempo, con su debida pausa y cadencia. La inteligencia deberá estar agudizada para tomar de ello algún logro, aunque evidentemente en la literatura, después de tantos siglos, los logros están ya escritos.

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Como un paseo de Robert Walser, diario e incierto, como una tránsfuga melodía de Mahler, como una apoltronada pincelada de Van Gogh, como el cielo abierto de los grises de Turner, como las verdades ingrávidas de la Comedia de Dante, como una piedra tornasolada en Arezzo, como el silbo de la higuera en el Fiesole.
Como las lenguas muertas de los árboles, como el delirio impuro del viento, como el auge de los besos en la noche, tan raudos y violetas, tan densos y desnudos.

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Me detuve en un mercado de libros en Londres. Comenzó a llover, sin avisos, sin que las nubes levantaran sospechas. Entonces creí ver a J.S.M, barbado, erecto, pendiente de unos libros antiguos. Lo perdí de vista debido al tumulto que se creó debajo del puente debido a las lluvias. Comencé a buscarlo, por un lado y por otro. Incluso recuerdo que me miró al mismo tiempo que sonreía. Su mirada en el gris era la de un poderoso holograma y su figura parecía suspendida y leve. Suspendida y leve…eso dije al despertar.