Leyendo El enigma de la llegada, de V.S. Naipul, me he visto merodeando por Salisbury. Por los bosques, las laderas, cerca del Avon. Aquí la lluvia es rosada y porta una gravedad extrema. Acaso la de los cielos cubiertos con los sueños derruidos.
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En la noche los cuerpos toman la figura del volcán. Las formas retienen sus contornos primeros, aquellos que brotan de la ausencia y del deseo. En la noche, las palabras recorren recalcitrantes los vástagos sonidos del cielo. Sonidos que provienen de una piel convertida en llanura, sin deshielos, sin grietas ni azabaches.
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Cada día me sobra más palabras. No sé lo que me falta, cuál es la ausencia requerida.