miércoles, 11 de agosto de 2010

Uno de los aspectos más conmovedores de Londres es su estática movilidad. Sus calles son quiasmos pendulares que configuran el movimiento de la humanidad en el silencio y la pulcritud. La gente se sabe en un territorio cruzado por las aguas de una melancólica batida de ángeles, el eco y el estigma de la vida digna.
Escribí esta nota después de haber tenido entre mis manos, en Bloomsbury, un volumen de la vida del doctor Johnson, escrita por James Boswell y que venía a decirnos que el doctor leía con hambre canina, como si estuviese devorando el libro mientras guardaba otro, bajo el mantel, mientras comía. Esa imagen de tácita euforia contenida, esa desmesura triangular, la manera en que el verde agrede en los jardines y las nubes amenazan aun besándonos, es lo que me mantiene desconcertado de la ciudad. Su prodigiosa metamorfosis contunua que nunca nadie acierta a describir, que no se doma con la memoria, porque ella es su sustancia íntegra.

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Notas en Londres. Lecturas en algunas plazas. Paseos. Lluvia. Sol. Un pub. Otro. Visitas a Westminster, a la Abadía. Y la música de Haendel. Cuando comencé a estuiar música, Haendel fue el primer compositor que escuché enfervorecido, casi sin descanso. Con el paso del tiempo, fui alejándome de sus conciertos, porque se me antojaban demasiado metódicos. Pero ahora entiendo qué estaba encerrado en aquella música, en aquel autor que se me ha vuelto, como de la tierra, virtud de un edificio demolido.

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Fue al verlo y al desaparecer cuando traje a la memoria a los presocráticos. Pensé que JSM debía su aspecto, de soslayo y transparencia, a Anaximandro, al apeiron, a lo indefinido. Porque la naturaleza toda de este viaje iniciático (incluidos los sueños, las líneas verosímiles, las encrucijadas) se asemeja a ese envejecimiento imposible de la naturaleza, a esa circuncisión de los elementos que no pueden ser escritos, solo contemplados.