sábado, 28 de agosto de 2010

Un violín suena en acorde menor por tus calles de almendras. Es un susurro prominente.
Casi un desvelo en plena claridad. Suena cadencioso, a veces serpentea por los agudos. En ocasiones mantiene el cuerpo de los templos profanos. Es quieta y solemne, irónica y mordaz. Hiriente del alma. Diríase que roza el silencio del estornino con su aureola de daga. Por tus calles de almendras mordidas y senos de hiedra.

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Hoy, sábado de agosto, debo volver a ser quien fui con urgencia.


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La literatura debería ser la impresión no de que estamos ante algo nuevo, sino de que estamos ante algo que hemos olvidado y que, con esas palabras justas, son removidas de lo profundo y ofrecidas, a la memoria, como un manjar recién concebido.