viernes, 13 de agosto de 2010

Leo a Cona Doyle. Es un vicio que pervive desde la infancia y que se produce todos los veranos. Cona Doyle, como recuerda Javier Marías, solía decir que no forzaba una frase y creo que esa virtud que se enquista en la naturalidad es una de las cosas que más admiro de su literatura. Ni una sola frase es innecesaria en los relatos de Cona Doyle, fuera del pacto ficcional que a uno lo invade cuando abre un volumen de los suyos. Ahora, en Londres, junto a M., abro el preciado libro de la juventud con el mismo entusiasmo de entonces. Sin embargo, bajo este cielo derruido de blancos y empastado de grises, con este viento fresco que azota el cogote, con esta aritmética acercanza a las calles en las que vivió el autor de marras, amén de sus personajes, leo en el pentagrama solitario de Londres.

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Abro el libro con cierta mesura y anoto en los márgenes ciertas resonancias cervantinas que el bueno de Arthur desgajaba con maestría. Un pasaje de agudeza, unas limpias palabras sobre una actitud concreta. En cualquier caso, la naturalidad y el alejamiento al estilo artificioso. Cómo consigue Conan Doyle el prodigio es tarea de genios y de locuaces justos de la ficción. Eso mismo hablaba hace unos días en Bajo de Guía delante de unos platos de corvina en salsa tártara y de marrajo a la vinagreta. El mar aminorado por el hechizo del caldo de la tierra, pero sin extravagancias, sólo siendo ella misma.
Abro el libro, de nuevo, con parsimonia, después de acercarme una cerveza a la boca y de darle un buen trago, una cerveza bien tirada, en su frío justo certero, y anoto algunas impresiones, aquí en Lupus Street, donde me hago de cebada y malta, de fermentada adolescencia.