jueves, 12 de agosto de 2010

La vida quieta, estática, demográficamente unívoca me desagrada. No entiendo otro estado que el de la inquietud y la curiosidad perennes. No comprendo cómo el hombre puede dar por concluida aquellas acciones que le son desconocidas y cómo puede dar por terminadas en la vida una sensación, un viaje, una experiencia.
De un tiempo a esta parte la vida ha ido mostrándome que el estado en que mejor sobrevivo es aquel que está colmado de múltiples direcciones, senderos que terminan por desfigurarme, encrucijadas que contiene la medida de mi rostro. Soy un enigma continuo. Soy un misterio que anhela a invisibilidad, la transparencia y la fusión. Las ideas, las amistades, los idiomas, la familia, las ciudades, los libros, acaso un microcosmos que azarosamente va convulsionando al único individuo que lo habita. En esa frenética estancia, en esa deleitosa y cambiante estación, voy encentrando en la maraña las constantes que me sustancian. Desde no sé qué momento me hice permeable, desde entonces no deja de golpearme la transformación.
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La cosa más importante pueda que no sea un libro, ni siquiera una suma importante de libros, ni una biblioteca milenaria, ni los textos más antiguos e importantes. La vida brotó sin ellos y sin ellos ha seguido y sigue su naturaleza. Pero hay algo que un libro ofrece y que la vida jamás podrá igualar, ni siquiera remeda como un burdo pintor de imitaciones. Un libro es un periplo y una vida cerrada, que se presenta cercenada de arritmias y uniforme al compás de la escritura. Sin embargo, la vida breve, la que nos circunda en esta piel y con estos órganos es la consagración de la primavera marchitada.

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He decidido que pasado mañana vuelvo a Londres. Parece que me he olvidado de mí mismo entre sus calles. Lo haremos por la mañana, por varios días. Describiré cuál es mi estado ajeno.