domingo, 29 de agosto de 2010

El verbo escribir, como soñar, no admite el presente.


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Quizás las palabras no son más que tachaduras elegantes al silencio.
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Hay profesores, críticos y aspirantes a vates universitarios que miden las obras literarias en referencia a su capacidad de análisis, a su formación. Si la obra es un jugoso pastel al que se le puede aplicar el método deconstruccionista, estilístico, formalista o cualquier sucedáneo y escribir, a su costa, un librito, es un texto estupendo. Por el contrario, si el texto supone una demostración de su incapacidad o de sus faltas eruditas (porque no sabe cómo hincarle el diente), entonces el libro se le cae de las manos. Y está bien esa expresión, porque un libro en manos inadecuadas es como si estuvieran en las garras de la ignorancia.
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Cada vez me siento más cercano a la imposibilidad de ofrecer un texto objetivo que explique las virtudes de otro. La objetividad para explicar la obra de arte, me resulta indiscernible, aún menos cuando nos encontramos en un tiempo de travesuras y desvelos. Creo, con Steiner, que las mejores obras de crítica literaria son las propias obras literarias y que son los lectores, cada uno, los que van armando su concepto de literatura.
Ese ha sido uno de los problemas de la crítica moderna y pienso que del arte de este tiempo: la explícita explicación de todo. No cabe la explicación en lo que es puro, en lo que es arte en sí, ya que esa glosa lo único que produce y ofrece es alejamiento y subjetividad. El otro día, por ejemplo, escuché a un amigo elogiando el último libro de poemas de J.B., “es un genio, lo que hace no se parece a nada”. He leído el libro en la librería, -porque no lo he comprado-, en varias ocasiones y en todas me siguen pareciendo una birria. Pero no sólo con este poeta pseudojoven, sino con otros tantos escritores de culto que una mayoría elogia, novelistas y pensadores incluidos. ¿Qué me ocurre? Antes intentaba achacarlo todo a mi incapacidad, a mi incultura, a las faltas de lectura, pero he descentrado el problema y creo que, en el fondo, me gustan muy pocas cosas del mundo en el que vivo y que necesito, por el contrario, alimentarme de la naturalidad de la realidad. Ser arte, ser literatura, ser realidad; no leer literatura, observar la realidad, degustar el arte.