domingo, 6 de marzo de 2011

Cargado de libros, después del cumplimiento poético, comencé el viaje de regreso a casa. A decir verdad, el viaje de regreso había comenzado en cuanto salí del hogar. En ese entonces, el cielo poseía una grisura inconmensurable que se adjuntó a los ánimos como una música oculta. Antes de emprenderlo, leí un poema de Elías Moro mientras sorbía un café rodeado de nadie. Reconozco la manía esquizofrénica de analizar lo que he dicho en una reunión al detalle y siempre me entristezco por mis pésimas aportaciones. Cada vez más me observo con menos recursos, mustio de verbo. Eso me lleva a estar demasiado callado, a elidir un comentario al respecto de una opinión o a permitir que alguien llegue a defender una información manida y alzarla, incluso, como novedad de tertulia. Decía que, mientras apuraba el sorbo de café, leía unos versos que me dejaron las necesarias conjeturas como para hacer del viaje una vuelta simbólica: “A medio camino de todo/ no es la muerte lo que temo […]/ temo esa edad que multiplica el olvido/ el azar aliado con el tiempo/ que infalible y sin retorno pasa”.

Nunca sabemos cuándo arranca la mitad de nuestra vida y cuándo escribiremos con el arrebato de la nostalgia absoluta. Es por eso por lo que creo que en la poesía no hay cabida a las medias virtudes y que la poesía es el axioma parmenídeo más riguroso: se es o no se es, hay o no hay. La poesía es el pronunciamiento de la última conciencia. Y ella ya no nos pertenece; no conocemos su repercusión.

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Por entonces, venía pensando en los tentáculos de la vanidad y en cómo, con el tiempo, mis certezas han ido desmoronándose hasta reducirse a ninguna convicción. Cada cual se engola en su ego y esparce nombres, obras, datos como quien acaba de despertar de un letargo, aleccionando y escuchándose a sí mismo. No son estas palabras muestras de hosquedad alguna, sino de fijación en los demás que, al fin y al cabo, soy yo mismo.

Cada uno piensa que el mundo que existe y que es posible es el que se resguarda en su mollera y que, por ejemplo, la literatura es esto y no aquello, posee estas cualidades y no otras. La ignorancia es demasiado arrogante y a poco que se incite salta y enviste.

La humildad, ese tópico denostado, se ha evaporado de los diletantes, acaso de los que aspiran a la creación artística. Sin embargo, a poco que uno escarba por la vida de los grandes creadores, confirma que, al principio, todo es rendición, arrodillamiento, imitación, consagración a los otros. Quizás nunca pueda pasarse de esta etapa y no seamos capaces de desarrollar eso que los mediocres creen atisbar en cuanto quedan deslumbrados.con todo, hay que saber rendir pleitesía a lo mudo y al silencio como una opción poética de absoluta dignidad personal.

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Compré el libro de Pietro Citati, La luz de la noche, porque al abrirlo di con unas páginas sobre Leopardi que explicaban, con una fogosidad templada e inusual, cómo fue el infinito para Giacomo: “Cuando Leopardi concibió el poema que tituló `El Infinito´, estaba sentado en el suelo, encogido sobre sí mismo, acurrucado junto a un seto”. Las palabras que prosiguen el capítulo son fascinantes, dignas de una relectura.

Sin embargo, ante estas portentosas interpretaciones, me siento como la mujer de Tintoretto que, envidiosa, le decía a su marido: “los colores apestan, manchan, pringan, destiñen, estropean la ropa. Tu piel huele a laca. El pincel hace que te salgan callos en las manos. Estar horas de pie delante del caballete agarrota la espalda. Te vas a quedar jorobado, renqueante y ciego”. Como el envidioso que lanza improperios sinsentido y que denigra la dedicación del susodicho.

Obviamente, he rescatado de las baldas el volumen de Leopardi. No en vano, en el salón está enmarcado el poema en una copia manuscrita que compramos en Arezzo el verano pasado. Después de leer el poema varias veces, pienso que en nuestra lengua pocos podrían haber escrito esta prodigiosa poesía. Ni F.G.L., ni L.C.desde luego. Sólo se me ocurre J.R.J., el único poeta infinito.